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Departamento GRAL. LOPEZ

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miércoles, 23 de febrero de 2011

El Populismo Argentino


“Cuando el teatro demagogo no aliente las esperanzas de las multitudes, y solo la razón consiga hacerlo, puedo asegurarles que nos habremos salvado; no solo de los populistas, sino también de aquellos que osen en un futuro serlo”.

Definir un término es cosa simple, de hecho, a la hora de emprender semejante empresa solo basta diccionario en mano. Sin embrago, distinta es la metié cuando una palabra no es solo palabra, sino concepto.

Este es el caso del populismo, pero por sobre todo Argentino.

Si UD. me pregunta cuál es hoy el principal problema del país, yo le respondo que el berretismo político o, si lo prefiere, el populismo sentimentalista.

Ya sea bajo figuras como Perón, Eva Duarte, y por qué no hasta el propio presidente Néstor Kirchner, el argentino ha buscado siempre encolumnarse tras referentes caudillistas más que instituciones fortalecidas.

Estamos, pareciera ser, a la espera permanente de un segundo salvador. Ésta vez, de rasgos humanoides.

No salvaguardamos las instituciones, a cambio, las convertimos en sedes unipersonalistas. Pulverizamos los partidos políticos, son ahora simples símbolos dirigenciales. Ejemplo: Justicialismo por Peronismo, Radicalismo por Alfonsinismo, y un sin fin más de estructuras que cambian sus nombres al de personas, como un adolescente apasionado de amante.

Digo, una sociedad que no se vuelca sobre sus estructuras tradicionales -soportes del Estado-, abre la puerta, acoge y asiste al populismo.

Por el contrario, si la ciudadanía cuenta con educación cívica, el populista no puede ni generar, ni mantener en el tiempo un discurso falso, ya que no lograría cometer su principal propósito: Convencer.

Con acabadas justificaciones se puede concluir que el populismo argentino nace, particularmente, de la mano de Perón.

Entonces la política conoció, al igual que otros países de Iberoamérica (México con Álvaro Obregón y Ecuador con José María Velasco Ibarra, entre otros), el arte del dominio de masas a través del entusiasmo.

Si bien a simple vista resulta complicado vislumbrar una finalidad concreta, el populista apela a la constante legitimación social. Esa no solo se convierte en su carta de presentación, sino también de triunfo Es un estilo. No bueno, sí malo.

Véalo de la siguiente manera: El populista es como un novio abiertamente fanfarrón y manipulador, quién aún comportándose indecorosamente frente a su novia (pueblo), logra mantener el enamoramiento con frases románticas y promesas que suenan creíbles solo a oídos de ella, una esperanzada amante. Vaya como ejemplo la famosa frase de Perón: “Mi único heredero es el pueblo”.

Nadie podría racionalmente dejarse vestir por semejante fraude verbal, sin embargo juntaba entonces a cientos de miles de personas en Plaza de Mayo sin siquiera rifar choripanes o inodoros.

Agrade o no leerlo, a muchos argentinos gusta escuchar falsas obsecuencias.

Las típicas reflexiones populistas engendran lo peor de la esencia discursiva; la hipocresía y el relativismo moral. Bastan meras dotes histriónicas para que la palabra se convierta en sentencia firme.

Los ejemplos yacen a la vista. Para hacer populismo se necesita de dos factores: emisor y receptor, y un solo elemento común: La mediocridad. Sí, a diferencia de otros regímenes, populista es quien quiere y no quien puede. No es un mérito ni una hazaña, solo una práctica vulgar.

Sí ya sé, ¡no me diga nada!… Tanta teoría lo está llevando a recordar situaciones; déjeme que lo ayude un poco… “Compren menos carne. No por culpa de los carniceros, que no tiene nada que ver con este tema. Ya sabemos bien quiénes son los responsables”.

No hace falta que aliente su imaginación pues ya debe saber a quien pertenece la frase predecesora.

A simple vista conmueve. Se entiende que éste se trata de un mandatario comprometido con las necesidades de la sociedad. Sin embargo, ¿Qué actitud hubiera tomado un político a quien la estética no le produce simpatía?

Pues es simple. En primer lugar no daría lugar a dicotomías entre el pueblo, lo haría revistar un estado de pacifismo inalienable, aún pese a las circunstancias, en lugar de actuar buscando el agrado bajo el falso pretexto de hacer valer derechos sociales.

En segundo lugar, y último, gestionaría la solución. Cosa sencilla, si se tiene experiencia, claro.

Ud. me dirá entonces: “Kirchner hace política desde la época del proceso”, y tiene razón, pero creo que no siempre cantidad significa calidad. En esos términos, el actual presidente posee más gestión como usurero que como político.

Y entonces, si la solución fuese tan sencilla, ¿para que lo hace?

Personalmente considero que para lograr un efecto múltiple.

Recurriendo a la infamia verbal, por un lado captura, retiene y manipula las pasiones de las multitudes con el objeto de volcarlas luego a su favor; y por otro, ejerce con ello un “apriete” a quienes considera, en este caso, responsables de la suba de precios.

En términos sencillos, oficia de tirador profesional extinguiendo dos problemas de un solo disparo.

Vuelvo al concepto del fenómeno social que representa el populismo. Así como lo fue Perón, también, a modo de ejemplo, lo es el Dr. Zaffaroni. Es decir que no solo populista puede serlo quien reviste cargos políticos, sino también sociales, culturales, religiosos, etc. Cada quien, en su espacio de acción, puede promover prácticas de este tipo. Amables en su forma, despreciables por su objetivo.

Cuando el teatro demagogo no aliente las esperanzas de las multitudes, y solo la razón consiga hacerlo, puedo asegurarles que nos habremos salvado; no solo de los populistas, sino también de aquellos que osen en un futuro serlo.

Leandro Viotto Romano es uno de los autores contemporáneos más jóvenes. A los 19 publicó su primer libro “silencio de Mudos. La subversión en Argentina. De las armas al poder institucional y político” que se encuentra por su tercera edición.

http://www.silenciodemudos.blogspot.com/
Autor: Leandro Viotto Romano



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