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martes, 3 de enero de 2012

El misterioso gurú del 11-11 en el cerro Uritorco es de Venado Tuerto

En Capilla del Monte, al pie del cerro Uritorco, ya no hay lugar para nadie más. La Oficina de Turismo informó que la capacidad hotelera está a tope, que hay cientos de extranjeros, que ha venido gente de España, de México. Todos están allí a la espera de que el calendario termine de alinearse y la coincidencia sea perfecta: 11/11/11 a las 11 horas con 11 minutos.

Don Rafael García, el encargado del predio donde se encuentra el Uritorco, calcula que unas 1.200 personas ascenderán al cerro para esperar la alineación meditando sobre la cumbre. Hace más de treinta y dos años que vive en Capilla del Monte, pero no necesariamente cree en nada de lo que se dice del lugar. “La gente nativa es un poco reacia –explica–. Los que no viven de esto, no creen. Los que viven del turismo, tienen que creer. Ahora, lo del portal del 11:11, para mí lo sacaron de He-Man”.

Don Rafael se refiere al portal energético que supuestamente se abriría a las 11 y 11 de la mañana allí en Capilla del Monte, pero no necesariamente en el Uritorco, sino en Pueblo Encanto, un parque temático alejado de la base. “Los de Pueblo Encanto contrataron al chico este, Matías De Stéfano, para que les traiga gente”, explica Don Rafael. El no lo conoce personalmente. “Que yo sepa, nunca subió al cerro y no tiene planificado hacerlo durante estos días”, cuenta. “Yo lo vi por Internet. Es un chico que dice que viene del Big-Bang y sabe cosas. A los 12 años lo trataron por esquizofrénico. Lo sigue gente diferente de la que viene al cerro, gente con bastante poder adquisitivo”.

Matías De Stéfano es un muchacho de 24 años, oriundo de Venado Tuerto. (http://www.ghan.com.ar
)
Pasó su adolescencia en España y regresó a la Argentina para estudiar piscopedagogía en Río Cuarto, pero abandonó rápidamente. Desde hace cuatro o cinco años, circulan por Internet videos donde cuenta su historia. Dice que es un niño índigo y que su tarea es la de ser el “organizador del comienzo de una nueva era”.

Lo interesante de su historia es que, a diferencia de cualquier otra biografía de iniciados, en ella no hay ningún momento ni episodio de iniciación. Tampoco hay ningún poder que se manifieste y lo señale especialmente como un elegido. El poder de Matías De Stéfano reside en su propia versión de la historia. En su poder de enunciación. En decir “yo soy”.

En su web, Matías explica que siempre fue un ser especial, que convivió durante toda su infancia con hadas, gnomos y seres angélicos que lo orientaron y le enseñaron “a tratar con otros seres humanos y todo lo que era difícil conllevar” (SIC). Cuando cumplió 12, esos seres lo abandonaron y en su lugar llegaron las visiones, los sueños, los terribles dolores de cabeza. Matías comenzó a dibujar lo que veía. Aunque él jura que nunca leyó libros sobre el tema, muchos de sus dibujos y muchas de sus explicaciones universales (la ciudad geométrica de la Atlántida, las líneas de Nazca, el triángulo de las Bermudas y los rastros de influencia extraterrestre en culturas prehistóricas) se parecen peligrosamente a las notas más arriesgadas de la vieja Conocer y saber o a algún informe especial de un programa de Chiche Gelblung. En su discurso, se entremezclan los múltiples planos espacio temporales, la astrología, las ciencias ocultas, el recordar vidas pasadas y vidas futuras, ciertos rasgos de misticismo cristiano y del hinduismo, calendarios mayas acompañados con reflexiones científicas, neuronas, sinapsis, glándulas, electromagnetismo, física cuántica. Lo que parece ser una constante es la afirmación de que siempre hace de sí mismo: “Mi papel es guiarlos, ayudar a quienes están en el camino a despertar potenciales”.

Crónico. Amanece sobre Capilla del Monte y junto al portón de entrada de Pueblo Encanto forman fila cinco o seis personas que no se han registrado por Internet y necesitan comprar sus entradas. Las primeras son unas chilenas que han viajado especialmente para vivir junto a Matías De Stéfano la apertura del portal 11:11.  Vinieron sólo por el día y ni siquiera sabían que había un cerro llamado Uritorco.

Cuando se hacen las ocho de la mañana, la cola ha crecido hasta superar los cien metros. “Antes de salir puse en el Facebook que seríamos 500 almas, dice una chica, pero me re quedé corta”. El rumor crece, va, viene. Se habla de 5 mil personas. Se habla de 12 mil. Los móviles de los canales de televisión se acomodan frente a la entrada principal. Los organizadores no brindan información. La prensa no puede ingresar al predio. Las radios matutinas intentan entrevistar a Matías De Stéfano pero se les dice que está recluido.

La cola avanza lenta. Hay jóvenes, grupos de amigos, familias enteras, mujeres cincuentonas. La concurrencia por momentos recuerda a la de algún parador de Pinamar o Punta del Este. Muchos van vestidos de blanco. Los lentes de sol son casi siempre de último modelo y buenas marcas. También las mochilas. Aunque hay unas pocas excepciones, la mayoría parece de clase media o alta. Tal vez se deba a que el fenómeno se ha expandido sobre todo en Internet.

El evento en Pueblo Encanto durará tres días. Comenzará exactamente a las 11.11 horas del viernes 11 de noviembre, con una meditación guiada por De Stefano en persona y se extenderá hasta el domingo por la tarde. El costo para ingresar al predio los tres días es de $ 385. Aquellos que quieran entrar sólo el viernes, deberán pagar $ 50.

El encuentro busca aprovechar la apertura del Portal 11:11 para que los asistentes puedan “reconectarse con su Memoria Cósmica, activar su conexión con el Plan, nuestra Verdad y fortalecer las redes energéticas para la sociedad de la Nueva Tierra”. En entrevistas radiales, Matías ha dicho que desde pequeño el número 11 tenía un significado especial para él y que sabía que debía organizar un encuentro en la fecha. Su intención original era hacerlo en Mendoza, pero sus guías le dijeron que Capilla del Monte era el lugar elegido, entre otras cosas, porque debajo del Uritorco se encontraría Erks, una ciudad intraterrena milenaria.

A las once de la mañana todavía sigue entrando gente al predio, pero todo ya está listo para la meditación. Será en un gran anfiteatro a pleno rayo de sol. En el vértice del anfiteatro, el techo de un edificio viejo sirve como escenario. Hay una pantalla gigante, equipos de sonido, y una carpa con sillas y sombra reservada para las personas mayores. Una chica anuncia que “Mati vendrá a saludarnos en unos minutos”. La gente se acomoda y espera en silencio. Entonces, Mati aparece sobre el techo del edificio.

Viste la misma remera amarilla que usan los organizadores del encuentro. Nada lo diferencia del resto. Camina hasta el micrófono. Es un chico flaquito, de hombros caídos, tiene ojos muy azules, orejas grandes y dientes levemente separados. Parece tímido. Saluda y pide disculpas. Dice que nunca habían organizado nada así y que no esperaban tanta gente. La multitud lo aplaude. Matías explica que “nosotros no venimos acá a abrir el contacto, los portales se abren solos. Nosotros vamos a ser el cableado entre los seres que están en el polo positivo y el negativo. Es un trabajo en equipo porque los de allá no pueden hacer nada sin nosotros y nosotros no hacemos nada sin ellos”.

Sobre el techo del edificio arma un círculo con siete de sus compañeros. A sus pies, en el anfiteatro, la gente también arma círculos. Habla con voz muy suave y tranquila. Pide a los presentes que cierren los ojos y que se concentren. Hay que canalizar la energía para que provenga del cielo, pase por el cuerpo y baje a la tierra. Embarazadas, señores con pinta de empresarios de pic-nic, jóvenes profesionales respiran profundamente, con los ojos cerrados, las manos unidas. El sol del mediodía cae a pique sobre ellos. La meditación dura más de una hora. En algún momento una nena se tira al piso, a medias desmayada. “Es demasiada energía para un chico”, dice alguien cerca de ella. Otra chica de pelo largo y pantalones babuchas se dobla en dos y vomita. Le bajó la presión. Son casos aislados. La multitud sigue las indicaciones de Matías con calma. Su voz se ha vuelto más profunda. “Relájense, humanos”, dice Matías De Stefano. “Nosotros, desde el centro de la tierra sostenemos los pilares, relájense.

Envíen a la tierra las vibraciones de su ser”, siguió. Dos de los chicos de remeras amarillas que integran el círculo sobre el techo del edificio caen hacia atrás, exhaustos. Matías sigue hablando. “Humanos”, dice, “esta comienza a ser una gran alineación consciente”.

El portal, aparentemente, se está abriendo. Matías le pide a la gente que se exprese, que libere la voz. El sonido de miles de gargantas modulando aes y oes llena el predio. Crece hasta convertirse en una melodía que resuena y hace eco y se potencia. Hay algo muy extraño en toda esa gente entonando el mismo sonido frente a un jovencito de 24 años que los mira desde un altar que es solo el techo de un edificio viejo y que les habla como si él no fuera humano, como si proviniera de otra dimensión. Hay algo paradójico y triste y también muy bello, en toda esa gente parada frente a un chico de 24 años que tiene cara de tímido y voz de nene y que repite palabras supuestamente tan cargadas de sentido que, por largos momentos, suenan como un puro sinsentido.

Tal vez no es más que un chico solitario e imaginativo que se inventó un mundo donde él era alguien verdaderamente importante y especial y tuvo la buena (o la mala) suerte de que miles de personas le creyeran. Pero eso es una especulación. Lo que es verdad es que Matías De Stéfano es un chico hablando desde un techo, diciendo que él no es humano y que sus seguidores no deben preocuparse por nada porque su papel, su rol en la vida, la misión de Matías De Stéfano, es guiarlos. Lo dice con muchísima humildad, con muchísima tranquilidad. Se ha abierto un portal y él les va a ayudar a encontrar el camino. El es el organizador del comienzo de una nueva era.

Miles creen en sus palabras y cantan a sus pies. Miles creen en la palabra de Matías De Stefano. Ya es mediodía. El reloj rompió la simetría del 11:11 pero el encuentro recién comienza. El portal ya está abierto. La meditación termina con risas y celebraciones generalizadas. La gente se saluda, se abraza, se besa. A lo lejos, el cerro Uritorco sirve de fondo para la alegría. Quedan tres días de búsqueda y meditación.
Capilla del Monte vive un fin de semana de ocupación.

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