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lunes, 11 de junio de 2012

Argentina 2012: todos contra todos y sin caja para calmar los ánimos

HACIENDO HISTORIA (PARA ENTENDER)

Afirma Adam Smith en la Riqueza de las Naciones:

“No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero que esperamos nuestra cena, sino de sus observaciones de sus propios intereses”.

¿Qué quería transmitir Smith con esta frase en términos más actuales? 

Que el carnicero, el cervecero y el panadero no le iban a dar de comer a la gente por benevolencia sino porque pretendía venderles buenos productos. Ganarse el favor del consumidor.

 La idea de una economía de mercado, además de tener un profundo concepto moral, consiste en buscar una cooperación pacífica entre los miembros de la sociedad por la cual la gente genera sus ingresos produciendo algún bien o servicio que satisfaga las necesidades de sus semejantes. Es un sistema de ganador-ganador. 

El que vende gana dinero porque consigue el favor del consumidor, y el consumidor gana porque, con sus ingresos, como el producto que necesita en calidad y precios que le permiten satisfacer sus necesidades.

 Este tipo de organización social y económica, que podríamos denominar de cooperación pacífica y voluntaria, no es exactamente el que seguimos los argentinos. Por contraposición, seguimos el camino del conflicto social. El de todos contra todos. Mi ingreso no depende de satisfacer las necesidades de mis semejantes sino de vivir a costa de mis semejantes.

 En los últimos tiempos vemos a un gobierno nervioso, desconcertado por la creciente conflictividad social y desborde de las variables económicas. Sindicatos en huelga, el campo en rebelión por la presión fiscal, la gente de malhumor porque no le alcanza la plata para llegar a fin de mes, la industria frenada por el cierre de las importaciones, la casi prohibición de comprar dólares para escapar de la inflación y el listado sigue.

 ¿Cuál fue el camino que recorrimos para terminar en este nuevo escenario de conflictividad social y crisis económica?

 Haciendo un poco de historia, la devaluación del 2002 buscó cambiar los precios relativos. Hacer barato el salario en dólares y encarecer los productos importados. 

Como en ese momento las empresas trabajaban, en promedio, al 50% de su capacidad, podían sustituir los bienes importados con un poco de capital de trabajo. Por su parte, al licuar los salarios con la llamarada inflacionaria, las empresas podían contratar un poco más de mano de obra. La idea fue: a vos empresa te regalo el mercado interno con un dólar caro y a vos trabajador te ofrezco un salario bajo a cambio de que no quedes desocupado. 

En rigor, hubo otro elemento clave que influyó en el proceso de salida transitoria de la crisis, que fue que justo a mitad del 2002 comenzó a subir el precio de la soja.

 Paralelamente se congelaban las tarifas de los servicios públicos para que la gente tuviera mayor poder de compra. Le quita ingresos a las empresas de servicios públicos y se los trasladaba a los trabajadores para que pudieran comprar bienes y servicios.

 En estas condiciones Kirchner recibió la economía, con otras ventajas: a) Brasil crecía y el dólar era cada vez más barato en ese país con lo cual compraba más productos argentinos, b) la soja seguía subiendo y c) el mundo crecía a tasas del 4 o 5 por ciento.

Kirchner profundizó el esquema heredado de Duhalde, pero era obvio que en algún momento íbamos a llegar a la situación actual de todos contra todos.

 En primer lugar, al tener una soja en aumento, ingresaban dólares comerciales que tiraban hacia abajo la cotización de la divisa. Por un tiempo el gobierno les dio un dólar caro a los productores locales para que no tuvieran que competir con productos importados. Para sostener artificialmente alto el tipo de cambio el BCRA emitía moneda para comprar dólares generando inflación, con lo cual, como vemos ahora, el tipo de cambio real se licuó totalmente y está en niveles muy cercanos a la convertibilidad.

 El esquema, entonces, era el siguiente. El gobierno aplicaba el impuesto inflacionario para sostener alto el tipo de cambio. Les daba a los productores locales el mercado interno. Con el mercado interno para ellos podían aumentar los precios pero sobre todo las cantidades vendidas. Tenían capacidad para aumentar la oferta sin invertir y no había competencia externa. 

 Además les subsidiaba la energía. Es decir, el proteccionismo se financiaba con el impuesto inflacionario para tener un dólar alto y con energía subsidiada. A cambio de eso las empresas podían absorber aumentos de salarios que superaban la inflación porque vendían más unidades. El ingreso les aumentaba no tanto por precio sino por cantidad vendida. En definitiva, el juego era: te doy aumentos de salarios para que consumas más y vos empresa vendes más porque tenés el mercado todo para vos.

 Mientras tanto, para tener las tarifas de los servicios públicos baratas, se implementaron los subsidios. ¿Cómo se financiaban estos subsidios? Con mayor presión impositiva y con más emisión monetaria. A cambio de tener energía barata había que consumirse el stock de reservas energéticas y por eso la crisis actual del sector.

 Además de ir aumentando los derechos de exportación para la soja, la carga tributaria fue creciendo porque no se ajustan los mínimos no imponibles ni se permite el ajuste de los balances por inflación, aumentando la caja del gobierno.

 Así, el campo financiaba parte de la fiesta con más derechos de exportación, el sector energético financiaba la fiesta con destrucción del stock de capital, los salarios crecían por encima de la inflación porque las empresas compensaban esos mayores salarios con más unidades vendidas y el mundo seguía empujando a favor de Argentina.

 A propósito, Cristina Fernández acaba de afirmar que nosotros no nos caímos del mundo, sino que el mundo se cayó encima de Argentina. ¿No era que, según ella, estábamos blindados de la crisis internacional y que el crecimiento a tasas chinas era fruto del “modelo” y no del viento de cola? Bueno, para qué detenerse en esta contradicción si ya sabemos que pueden cambiar de discurso con la misma facilidad que el viento cambia de rumbo.

 A todo esto se sumó la Asignación Universal por Hijo para estimular el consumo y de paso más votos. Lo cierto es que por varios años, gracias al mundo que jugaba a favor de Argentina, unos vivían a costas de otros. 

 Las empresas a costa de un mercado cautivo por un dólar caro, los empleados con salarios que superaban la inflación, todos con servicios públicos baratos consumiendo el stock de capital y aumentando el gasto en el rubro subsidios.

 Claro, en este contexto nadie invertía un peso porque no necesitaba hacerlo al tener el mercado cautivo. El salario real no crecía por más productividad sino porque superaba la tasa de inflación y las empresas seguían vendiendo más por la falta de competencia.

 Pero llegó el momento en que tanta inflación y un dólar clavado, se transformó en un dólar barato. La competencia externa empezaba a molestar. El empresario no podía vivir a costa de un consumidor cautivo tan fácilmente.

 El dólar barato y la energía regalada dispararon las importaciones y empezaron a faltar dólares. Había que frenar las importaciones para que el consumidor siguiera siendo cautivo. Se usaron diferentes mecanismos hasta que, finalmente, Moreno, en una muestra de sutileza de ciencia económica, cerró todas las importaciones y la compra de divisas.

 Algunas empresas estaban felices de tener cerrada la economía, pero otras empezaron a tener problemas para conseguir insumos. Si a esto se le agrega que nadie invertía porque no hacía falta, hoy es imposible aumentar la oferta de bienes internos porque la inversión fue ignorada por el gobierno. 

 Solo había que consumir para mantener a la gente feliz. Pero el mundo entró en crisis, Brasil empezó a devaluar el real y el tipo de cambio real en Argentina ya está cerca del uno a uno. Para colmo de males, la plata no alcanza para financiar tarifas públicas artificialmente bajas.

 Como el modelo consiste en que unos vivan a costa de otros, el dilema que hoy tiene el gobierno es a quién le quito para darle a otro sin que este otro proteste. Y el dilema ya no tiene solución.

 ¿Por qué se enoja Cristina Fernández con los sindicatos? Porque piden aumentos de salarios que les compensen la inversión verdadera. Pero la mayoría de las empresas no pueden financiar esos aumentos de salarios porque no pueden compensar con más unidades vendidas el mayor costo salarial.

 Por eso Cristina Fernández les dice que tienen que invertir más, sin reparar que tiene a un Moreno que cada medida que toma es para espantar a los inversores. Considerando la arbitrariedad en las reglas de juego, Cristina Fernández tiene que entender que no puede convocar a empresarios verdaderos para que inviertan. 

 Lo que ella tiene que conseguir son kamikazes que estén dispuestos a hundir dinero para que luego Moreno les diga si pueden importar insumos, subir los precios, exportar o cualquier otra medida. Y como hay pocos kamikazes, la oferta de bienes no puede subir. Si no puede subir la oferta de bienes y servicios, los aumentos salariales por encima de la inflación no son financiables. Ni siquiera pueden empatarle a la inflación.

 Si el gobierno sigue emitiendo para financiar más gasto público, la inflación se le dispara, el tipo de cambio real caerá más y el cierre de la economía será total. Al cerrar la economía faltarán más insumos, menos producción y faltará trabajo, como ya se está notando.

 Con inflación más alta y menos trabajo, imposible seguir aumentando los salarios por encima de la inflación. Y si esto ocurre, cae el consumo. Si cae el consumo, no solo entramos en recesión sino que, además, la recaudación impositiva bajará. ¿De dónde sacar la plata para pagar los subsidios de las tarifas públicas y la Asignación Universal por Hijos? De la maquinita del Central. Pero eso implica más inflación, más problemas de consumo y mayor caída del tipo de cambio real.

 Por eso vemos que hoy es una lucha de todos contra todos. Sindicatos en alerta porque no les satisfacen los aumentos salariales. Empresas preocupadas porque tienen problemas de insumos y las ventas disminuyen. El Estado desesperado para ver de dónde saca plata para cubrir el bache fiscal. Crisis energética que no saben cómo resolver ni financiar.

 Llegamos al todos contra todos porque la política económica consistió en despreciar la calidad institucional para obtener inversiones, y se limitó a estimular el consumo ayudada por el contexto internacional y en el populismo más exacerbado. Se destruyeron ahorros y stock de capital para sostener un alto nivel de consumo artificial.

 ¿Qué le está diciendo Cristina Fernández a los dirigentes sindicales? No hagan olas porque no puedo salir a decir que esta fiesta de años fue una ficción y ahora hay que pagarla. Y los que van a tener que pagarla son los sectores de ingresos fijos con menor ingreso. Cristina Fernández necesita pelearse con los sindicatos para no tener que decirle a la gente que ahora les llegó el momento del ajuste.

 En definitiva, hoy vemos a la Nación, provincias y municipios exprimiendo a los contribuyentes como a un limón. La inflación supera los aumentos de salarios porque ya no pueden financiarse subas disparatadas de salarios. 

 Las empresas ven caer sus niveles de producción y ventas. El gobierno entra en pánico porque el dólar está tan barato que es un bien codiciado por la gente como refugio de valor frente a un peso que se derrite.

 Todo esto pasa porque el gobierno impulsó una propuesta de vivir a costa del otro en vez de impulsar una política económica en que cada uno viviera beneficiando al otro. 

 Y encima de todo esto, ya no queda muchas cajas a las cuales recurrir para calmar los ánimos. 
 En realidad quedan algunas, pero no las voy a nombrar para que no me acusen de terrorismo económico. Igual, todo el mundo sabe cuáles son.

ROBERTO CACHANOSKY

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