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lunes, 3 de septiembre de 2012

ISLA NEGRA: EL SANTUARIO DE NERUDA

Por la potencia evocadora de los objetos que guarda y por su entorno dominado por la presencia del mar, la casa de Isla Negra es una especie de compendio visual y material del imaginario poético de Neruda.

El lugar se llamaba originalmente Las Gaviotas. El poeta lo rebautizó como Isla Negra por el color de sus roqueríos y quizás porque ahí podía aislarse para escribir. Al regresar de Europa a Chile, en 1937, buscaba un lugar para dedicarse a su Canto General, un gran libro sobre la historia y la naturaleza americana. “La costa salvaje de Isla Negra, con el tumultuoso movimiento oceánico, me permitía entregarme con pasión a la empresa de mi nuevo canto”- anotó en sus memorias.

“... Era a media tarde, llegamos a caballo por aquellas soledades... – recuerda el poeta en su libro Una casa en la arena-... Don Eladio iba delante, vadeando el estero de Córdoba (...) Por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos…

Don Eladio Sobrino fue un marino español que se quedó definitivamente en Chile cuando su barco lo dejó en puerto austral. Él le vendió a Neruda, en 1938, el sitio con una cabaña de piedra. Luego, como escribió el poeta: “la casa fue creciendo, como la gente, como los árboles...”

En el invierno de 1943, con el arquitecto catalán Germán Rodríguez Arias, el poeta inició una serie de ampliaciones que terminaron en marzo de 1945. En ese tiempo no era fácil construir en aquella zona: había que transportar todos lo materiales en carretas de bueyes que debían cruzar por vados el estero de Córdoba.

La primera intervención importante fue la torre sin techo, con reminiscencias de la arquitectura europea mediterránea. Posteriormente el poeta la techó para dejarla como las torres de las casas de Temuco, la ciudad en la que pasó su infancia.

Escribió Neruda: “El océano Pacífico se salía del mapa. No había dónde ponerlo. Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana”.

La casa Isla Negra está inserta en el paisaje costero. Allí el mar con su oleaje, rompientes,  playa y roqueríos, reactualizaba la enorme impresión que el poeta tuvo cuando, siendo niño, se enfrentó por primera vez al océano, en Puerto Saavedra. Luego el mar se convertiría en uno de los escenarios míticos de su poesía.

Las colecciones más importantes que se conservan en esta casa, se vinculan con el mar: mascarones de proa, réplicas de veleros, barcos dentro de botellas, caracolas marinas, dientes de cachalote. Hay también espacios que conmemoran su amistad con algunos poetas muertos, cuyos nombres hizo grabar en las vigas del bar. También se muestra a los visitantes otras colecciones, como las de botellas de formas extrañas, máscaras, zapatos antiguos y pipas.

El arquitecto y amigo de Neruda, Sergio Soza proyectó nuevas ampliaciones a partir de 1965: los arcos que unen  los cuerpos de la casa, y los recintos  que albergan la sala del caballo y la Covacha. Éste era un espacio en el que el poeta se recluía a escribir. Le puso techo de zinc, para escuchar el canto de la lluvia y evocar, nuevamente, las sensaciones de la casa que habitó en su niñez, en el lluvioso sur de Chile.

En la casa de Isla Negra, Neruda escribió parte importante de su obra literaria, reunió allí la mayoría de sus libros y también ejerció la hospitalidad, que es otro de los legados de su infancia sureña.

El poeta siempre festejaba las fiestas patrias. A pesar de la situación que vivía el país, luego del golpe de estado, el 18 de septiembre de 1973 llegaron algunos amigos hasta Isla Negra. Pero sólo traían noticias alarmantes.

Al día siguiente Neruda, ya gravemente enfermo,  fue llevado en ambulancia a la capital, desde donde sólo volvería a Isla Negra en diciembre de 1992, cuando sus restos fueron trasladados allí, junto a los de su esposa, Matilde Urrutia. Este funeral se realizó con todos los honores que merecía el poeta, y con asistencia de las máximas autoridades de la nación. Se cumplió así la voluntad que Neruda había expresado hacía casi cincuenta años  en su poema “Disposiciones” de Canto general:

“Compañeros, enterradme en Isla Negra, / frente al mar que conozco, a cada área rugosa de piedras/ y de olas que mis ojos perdidos/ no volverán a ver...”

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