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lunes, 1 de marzo de 2010

el funeral de Tomás Eloy Martínez

El autor de Santa Evita quiso ser despedido con música, libros y el trago que tomaba todas las noches.
Casi.
No se pudo hacer todo lo que Tomás Eloy Martínez dejó previsto ¬por escrito¬ para su funeral. Pero casi.
Estuvo la música que él quería, los libros que había elegido, el gin tonic tal como él lo tomaba todos los días a las 7. Casi sale todo al pie de la letra, pero falló, al final, lo de estar contentos, lo de reír y charlar. Sobre todo cuando, con la urna ya en tierra, con los nudos ya en las gargantas, habló su hijo Gonzalo: "El decía que la muerte le daba una gran curiosidad; ahora debe estar develándola".
El funeral del autor de Santa Evita ¬que falleció, a los 75 años¬ empezó a la mañana. Con la entereza de quien ha mirado a la muerte a los ojos incluso en la certeza de la derrota, Tomás ¬nadie lo nombraba de otra manera¬ pensó en su partida y dijo que hubiera querido una ceremonia "a la americana". Que después de enterrarlo, quienes lo querían se fueran a comer y beber.
Pronto vio que eso en estos pagos no era posible y entonces imaginó una larga despedida, en un cementerio privado de Pilar. No una fiesta, sí una reunión. Así fue.
Había dos salones enormes y una sala más chica donde descansaba el cuerpo. Con el cajón cerrado. El escritor no había querido ser recordado, no debe haberse pensado jamás a sí mismo, con la cara del cáncer: ese morocho seductor que supo ser Tomás Eloy Martínez sonreía desde un retrato en la pared. Nunca solo: en dos mueblecitos lo acompañaban algunas de sus obras: Santa Evita, La pasión según Trelew , La novela de Perón, El vuelo de la reina , El cantor de tango y Purgatorio, entre otras.
Sonaba Piazzolla, sonaba Keith Jarrett. A eso de las 12.30 empezó a sonar Mozart. Desde el salón donde estaba el escritor llamaron a la familia: estaban sus siete hijos.
Las puertas se cerraron; el cuerpo partió y empezó la espera.
Una señora sirve sandwichitos.
Gonzalo Martínez sale de la cocina con una bandeja de gin tonic y un paquete de papas fritas. Otro de sus hijos, Ezequiel ¬ahora albacea de la obra¬ va contando anécdotas, de grupo en grupo.
Cuenta, por ejemplo, que aunque en el último tiempo el autor estuvo mucho con los ojos cerrados, la última semana no fue así: "Quiero morir con los ojos abiertos , como vi la vida", le dijo. Cuenta que ese hombre, que tuvo cuatro esposas, en la cama pedía que lo perfumaran. ¿Para qué? "Nunca se sabe, Ezequiel", le sonreía. Cuenta que sus hijos pasaron el último día rodeando su cama. Leyéndole poemas de Rimbaud, cuentos. Así hasta que su respiración se fue haciendo más espaciada, más espaciada. Había dejado instrucciones de no ser conectado; acunado por palabras, abrigado por sus hijos se fue apagando. A la antigua.
En la sala, más café. Masitas.
Pasa Juan Granica, quien en 1973 editó La pasión según Trelew. Pasa la hora: se hacen las 4, alguien llama: hay que enterrar las cenizas.
Del salón al lugar entierro sale una discreta procesión. El hijo mayor, Tomás, sostiene la urna.
Unos metros más adelante, la pasa a uno de sus hermanos, que la lleva un trecho y la pasa a otro. Van tomados de los brazos los hermanos, sus hijos, sus amores. De las manos. De los hombros.
El entierro será en un cuadrado debajo de un gazebo. Abrazados, Gonzálo y Ezequiel se paran junto al pozo, junto a la urna. No hay discursos previstos, dice Ezequiel.
Porque, dice, "ya le dijimos todo lo que le queríamos decir, él nos dio su amor. Le queremos dar el último beso, decirle que lo vamos a extrañar pero igual va a estar siempre dentro nuestro. Chau pá".

Fuente: Revista Ñ Imprimir artículo
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