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Departamento GRAL. LOPEZ

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jueves, 23 de septiembre de 2010

ESCRITOR ARRIEL DEL VALLE, (S.A.D.E., 3801), SEUDONIMO DE RAFAEL ROGANOVICH.

BIOGRAFIA; PROLOGO; COMO OPINA LA PRENSA ARGENTINA, A TRAVES DE SUS DISTINTOS ORGANOS PERIODISTICOS, SOBRE EL CONOCIDO POETA ARRIEL DEL VALLE, SEUDONIMO DE RAFAEL ROGANOVICH, (S.A.D.E., 3801); PROVERBIOS Y POEMAS LIRICOS.

BIOGRAFIA

Del destacadísimo periodista Alfredo Arfini, del Diario “LA CAPITAL”.

   Somos de la opinión que los poetas – feéricos seres, hacedores de maravillas espirituales – no necesitan, como nos muestra acabadamente la historia, de sustentos bibliográficos. Valgan como buenos ejemplos: Homero, Dante, Shakespeare o Milton. Fundamentalmente valen por sus obras. Es únicamente a través de ellas que viven, y ahí precisamente reside la única biografía que importa: la biografía espiritual.

   Pero no obstante esta personal apreciación, algo debemos patentizar de nuestro amigo, el vate Rafael Roganovich, conocido por el extraño seudónimo de Arriel del Valle.

   Debemos comenzar su referencia biográfica diciendo que vio la luz el día primero de junio del año 1935. Respiró por primera vez el aire argentino en la colonia La Tablada, de Cafferata, activo pueblo de la provincia de Santa Fe.

   La Escuela Fiscal número 841, de la colonia Santa Catalina de Santa Fe, recibió al joven alumno, en cuyas diáfanas pupilas ya titilaban, cual auspiciosas estrellas interiores, incipientes ansias líricas.

   Después de cumplir acabadamente con los planes de los estudios de las enseñanzas primarias, y ya predispuesta su pronta inteligencia a recibir más completos y nutritivos alimentos espirituales, cursó el bachillerato en el colegio seráfico San Carlos de la ciudad santafesina de San Lorenzo, cuna de preclaros talentos argentinos.

   Luego, cursa estudios clericales en distintos conventos franciscanos, que con los tiempos los abandona.

   Después la vida lo llevó por diversos caminos, desarrollando distintas y útiles actividades; tales como escribiente en el Consejo Nacional del Menor. Esta especial y responsable tarea la cumplió, con reconocida capacidad, en Buenos Aires. Mientras dictaba clases de castellano y literatura argentina e hispanoamericano a expectantes alumnos de un importante instituto eclesiástico de Dock Sud, en la provincia de Buenos Aires; a la vez, también se hacía de tiempo para pergeñar, con amorosa dedicación, numerosas producciones líricas que nacieron a conocimiento público en el diario “Crítica”.

   Igualmente el sentimiento de soledad, tan común en los seres donde brillan las chispas sublimes de las creaciones, acompañado por una considerable dosis de positiva nostalgia, motivó en Rafael sus personalísimos cantos vitales, teñidos por momentos de muy gratas esperanzas melancólicas.

   En cuanto al espíritu creativo de Rafael Roganovich, podemos manifestar, sin temor de equivocarnos, que quien siente profundamente el arte de escribir, como él, lleva en sí las más codiciadas aptitudes que hacen a un ser sumamente querible y respetable. Tanto sus poesías como sus ensayos hablan claramente de la altruista y pedagógica personalidad de Rafael Roganovich.

   Creemos sinceramente que los artistas de las palabras, más que otros quizás, son merecedores de las más hondas consideraciones y aprecios, entre todos los hacedores que diseminan benignamente sus creaciones sobre esta maravillosa tierra, en particular en nuestra muy querida Argentina.

   En razón de esto, hacemos llegar a nuestro amigo, el aedo Rafael Roganovich, al concluir esta brevísima biografía suya, nuestra más alta estima y consideración.

ROSARIO, 2 de octubre del 2003.

PROLOGO

   Del conocidísimo periodista y escritor José Luis Fermosel, de la agencia E.F.E..

   Rafael Roganovich, o “Arriel del Valle” — tal es su “nom du plume” — , es poeta por definición y por vocación, y como poeta de fina sensibilidad, busca la luz que es la claridad azul de los cielos lejanos, y la belleza de los paisajes idílicos, como los de su pintoresco pueblo de Cafferata, en Santa Fe, que lo vio nacer un primero de junio de 1935.

   Busca también este joven poeta, que le ha cantado y le canta a la vida en bellas estrofas, la Verdad, como tantos poetas que en el mundo han sido y en este mundo han vivido sus penas y alegrías — más de las primeras que de las últimas, por desgracia —.

   Intimista, soñador, casi místico, Rafael Roganovich desgrana con lírica sordina sus racimos de versos casi en compás de tres por cuatro.

   Y uno recuerda aquellos versos:…” Ese vals de sí, de muerte y de coñac que moja su cola en el mar…”.

   Inquieto, andariego, hombre de mil oficios: bachiller, estudiante de sacerdocio, empleado de banco, ocasional colaborador de periódicos, etcétera.

   Roganovich o “Arriel del Valle”, camina, más ligero que ligero, por la gran urbe abigarrada con sus poemas bajo el brazo, que ofrece como quien ofrece pan, o una sonrisa, o una lágrima, o una caricia.
   De “SI TU ME LEES…, SABRAS AMARME”, su “segunda ópera”, se han hecho siete ediciones.



    “EL POETA NACE…, Y LA VIDA CON SU DOLOR LO HACE”, con la presente edición, va por la décima.



   Roganovich cultiva también la prosa. Es autor de una novela titulada “COBARDES”, que todavía no ha editado.

   Pero lo suyo, lo verdaderamente suyo y consubstancial a él, a su personalidad intimista, de infinitas aristas que no cortan como la obsidiana, porque están pulidas por la arena de sus melancolías, es la poesía, su tierna poesía sutil, descriptiva, morriñosa como la lluvia del otoño, del atardecer.

   Con respecto a sus abandonados estudios clericales, recuerda a Omar Kayhyam: “¿ Qué vale más, un arrepentido en una taberna o un hipócrita en una ermita?”.

   Este es Rafael Roganovich, que firma sus versos con el seudónimo de “Arriel del Valle”, los edita y los vende él mismo, y de quien Américo Barrios ha dicho: “He aquí a un hombre que salió a buscar su destino valientemente y sigue realizándolo, a pesar de todo”. “Su orgullo es su honradez”. “Asombrosa es su actitud, heroica en muchos aspectos, como reconfortante es comprobar también que hay muchas personas que compran libros de poemas”. “Un poeta que lo es en medio de la ciudad gigantesca, como una bandera que flamea, desafiante, frente al materialismo y triunfa”. “Hay que aplaudirlo”.

   Y fundamentalmente — para aplaudirle con conocimiento de causa —, hay que leerlo.

   Hay que leer sus versos serenos y tersos, humildes y orgullosos a la vez, cristalinos y sinceros como él mismo.

   Hay que leer a Rafael Roganovich, sí, en este mundo dislocado y dislocante del tráfago vertiginoso, el egoísmo y la violencia encanallado, donde cada día parece que el hombre es más lobo para el hombre. En estos días amargos que corren en todo el orbe, que parece haber perdido la mesura, la sonrisa e incluso la esperanza.

   Hay que leer a Roganovich lenta y morosamente, como quien saborea un aromático aguardiente al anochecer, en una taberna de un pueblito de la montaña, de cara a lejanías azules. O como quien escucha, al amanecer, el rumor del mar, en una playa remota. Lejanías: He aquí una soterrada constante en la obra de Rafael Roganovich, un poeta que quisiera alejarse de lo material, volando en un caballo alado – lírico “Clavileño” de una pampa ideal – hacia alturas infinitas.

   Dios y la mujer, son otros más o menos latentes temas de la obra poética de Roganovich, temas que afronta con amor y un diamantino lirismo.

   El diario “La Prensa”, ha dicho de “Arriel del Valle”: “Hay un sentido universal en su poesía, de la misma manera que en ella encuéntrase un sentido gregario, una necesidad de compartir cosas buscadas con angustiosa y esperanzadora premura”. “Su poesía intimista llega al lector por su sinceridad y se impone por el mensaje humano que lleva”. “Poesía correcta la suya, más destinada a hincarse con entusiasmo en los sentimientos del lector por la fuerza de la idea y por su recóndito romanticismo que por la fría pulcritud técnica”. “En definitiva, mucho más poesía para “sentir”, que para analizar desde un estricto y exigente punto de vista crítico”.

   De afilada longilínea estampa, con perfil corpóreo de estoque, un no sé qué austero de ciprés y una apariencia general de iluminado. “Arriel del Valle”, — un seudónimo que evoca prados y flores silvestres — peregrina por el cemento de la “city” casi perdiendo contacto con el duro suelo de hormigón, soslayando cristales, dando la mano a los árboles, a las farolas de gas, acariciando a los perros callejeros y a los niños, sonriendo a las mujeres y saboreando la fresca lluvia del verano, o permitiendo que el frío del invierno refresque su imaginación abrasada.

   Y desperdiga versos, como quien siembra. Siembra, de hecho. Recogerá una excelente cosecha de solidaridad, de esperanza, de paz y de amor en su casi heroico peregrinaje lírico, de cara al cielo y con los pies apenas hollando la tierra, pero sintiendo, sin embargo, como los efluvios telúricos de la poesía.

   Le entran por la planta de los pies hasta el corazón, para pasar de allí al alambique del cerebro, y por último, a la retina del lector que, sin ninguna duda, agradecerá en lo mucho que vale el regalo de Rafael Roganovich — “Arriel del Valle” —, poeta por la gracia de Dios.

BUENOS AIRES, 2 de octubre del 2003.

PAJARO DE FUEGO

TODA LA CULTURA

(Año II, N° 12, Buenos Aires, enero del 1979).

ARRIEL DEL VALLE: ¿Poesías bests-sellers?.

   Arriel del Valle es un joven, alto, delgado, ascético y suave. Habla con algún acento extranjero que cuesta identificar. No mira al interlocutor, sino que inclina la cabeza y parece dirigirse al cielo. Lo que dice posee una única coherencia: aquélla que se identifica con su mundo, que no tiene nada que ver con el nuestro.

   Las ediciones de sus libros de poesías – por él escritos, diagramados, producidos y vendidos – alcanzan una cifra desconocida en el país.

   Esta charla que hemos mantenido con él, nada tiene que ver con sus poesías ni con su valor. Es una conversación con un personaje que alterna con los arcángeles en un mundo que pretende ingresar a nosotros desde la quimera.

Por el Dr. Carlos A. Garramuño,
Director de la Revista Internacional Pájaro de Fuego.


LA CAPITAL

(Año CXIII, N° 41.619, Rosario, domingo 13 de julio del 1980).

“SI TU ME LEES…, SABRAS AMARME”, DEL POETA RAFAEL ROGANOVICH.

   Extrema suavidad de sentimiento, candorosa delicadeza de alma y tierna pureza virginal son quizás los arcanos motores espirituales que han motivado esta singular creación artística de este nostálgico bardo santafesino, nacido en 1935 en el pueblo de Cafferata, colonia La Tablada.

   A esta simple opinión hemos llegado luego de haber podido paladear, cual catador de poesías, el bouquet calológico de las breves composiciones que integran este pequeño volumen lírico, pergeñado, con evidente amor, por Arriel del Valle, extraño seudónimo con el que se identifica Rafael Roganovich. El placentero aroma que emana de alguna de sus bellas flores melancólicas, — que tienen el raro encanto de ser también tristes efluvios místicos — impregna todavía, en el momento en que escribimos estas líneas, todo nuestro ser. Una frase que ilustra la portada, donde insólitamente aparece la imagen fotográfica del autor, nos indica una verdad que solo compartimos a medias. Ella dice que “El deber del poeta, es una rigurosa exigencia del alma impulsada sólo por Dios”.

   Desde el punto de vista estrictamente literario, juzgamos que es un pensamiento armónicamente hermoso. Lamentablemente, desde el punto de vista personal, por adoptar frente a la vida una posición no religiosa, tenemos que expresar que no aceptamos la sugerencia final, aunque ciertamente respetamos, y mucho, la religiosidad de Roganovich, que se manifiesta sincera, plena y ejemplar, sobre todo en las reiteradas referencias al Divino Supremo Hacedor.

   Al comenzar la lectura de la obra nos encontramos con variados comentarios periodísticos sobre la personalidad de Roganovich, y también con las acostumbradas palabras de presentación. Las que conforman una escueta biografía, del hacedor del libro, pertenecen a Leonardo Glúsberg, y las del prólogo son de José Luis Alvarez Fermosel. Participamos en su casi totalidad de los conceptos vertidos por ambos, pero rechazamos la peregrina idea de que alguien pueda ser “poeta por la gracia de Dios”, pues no sólo se negaría así el autárquico y tan codiciado libre albedrío, sino que se daría con ello cómoda aceptación para que alguien pueda ser lo que fuera, pongamos por caso hasta tirano, “por la gracia de Dios” (recordemos uno moderno, y de triste memoria).

   En cuanto al contenido en sí del volumen, aunque el autor aspira — por lo que se trasluce del título —, a que con la lectura del mismo uno pueda amarlo, desgraciadamente no hemos podido lograr en plenitud el noble objetivo por él anhelado. Primeramente porque preferimos amar a las mujeres…, (acéptese esto sin ánimo peyorativo y a título de broma) y en segundo término, porque creemos que el solo contacto libresco puede generar, sí, un acercamiento relativo, un conocimiento parcial, que si bien es importante, y produce – cuando de grandes escritores se trata – el infrecuente sentimiento de admiración, jamás llega, salvo muy contadas excepciones, a convertirse en auténtico amor. Si bien, como dice Dante, el espíritu permanece férreamente en la obra, creemos que el contacto físico y anímico directo es irreemplazable. ¡Sorry…!.

   Nos han gustado entre todas las poesías que integran la obra, particularmente las siguientes: “Soledad”, “Franquezas”, y una dedicada a la simpática cantante Gigliola Cinquetti, dulce embajadora musical de la bella, artística y genial Italia, cuna esplendorosa de admirables talentos. También nos ha complacido una titulada “Poesía de amor”, en especial aquellos versos que dicen “sólo eres un erizo que punzas sin piedad en el seño de mis entrañas”, otra que lleva por título “Cuerpos sin almas”, en la que Roganovich nos comunica una lacerante evidencia incontrastable: “Cadáveres yertos y mudos de la ignorada soledad, que sosiegan en los arcanos sepulcros de las legendarias necrópolis del orbe vil; cuerpos tiesos que al polvo vuelven tal como fueron en un principio”. E igualmente aquélla titulada “¿Qué somos?”, cuando señala otra dolorosa verdad: “Somos la nada”; que salvando, por supuesto, las abismales diferencias con el formidable Alighieri, nos recuerda el episódico diálogo, de la Divina Comedia, entre Virgilio, Estacio y Dante, cuando el primero de los nombrados enseña al último esa triste e irrefutable verdad “Sombra soy y eres sombra: somos nada”. Asimismo participamos de la idea final de la poesía “Navidad”, cuando, de una manera directa, Roganovich nos expresa que “todo es dolo, mentira y dolor, y “es ruin, falso y rutinario el ruido mundanal”.

   En cuanto a la mayoría de los versos, debemos decir que ellos son fáciles y sonoros, pero esporádicamente duros y en algunos casos tenuemente forzados, siendo su rima quizás un poco simplista, aunque muy sentida y eficiente.

   Ahora bien, desde un punto de vista general, estimamos que tanto la sutil adjetivación y los pocos frecuentes modos adverbiales podrían ser susceptibles de un moderado perfeccionamiento. Afirmamos esto con la sana intención de hacer que Roganovich — que posee sin dudas ponderables virtudes líricas —, logre en futuros volúmenes un esmerado empleo de los adverbios y adjetivos, que desde nuestro modesto punto de vista son factores imprescindiblemente útiles para dar hermoso brillo armónico a cualquier poema. Los suyos efectivamente lo tienen, pero pensamos que nuestro humilde consejo si es amistosamente aceptado, dará mayor lucimiento a sus próximas producciones. No obstante esto, que esperamos sea considerado como un positivo aporte crítico, podemos manifestar que bastante nos han satisfecho estos logrados y meritorios trabajos, de singulares ensoñaciones intimistas, de Rafael Roganovich — Arriel del Valle —, ensoñaciones que bien dicen de su acendrada vocación de poeta provinciano y diáfano plasmador de selectos sentires idílicos.

Por el destacadísimo periodista,
Alfredo Arfini, del diario “LA CAPITAL”.


EL ECONOMISTA

(Año XXXIII, N° 1237, Buenos Aires, 12 de abril del 1974).

LIBRO: SI TU ME LEES…, SABRAS AMARME.

   No se trata del primer libro de poemas que nos entrega Arriel del Valle, santafesino, de origen eslavo, cuyo nombre es Rafael Roganovich. Su anterior, “El poeta nace…, y la vida con su dolor lo hace”, ha merecido ya el poco común número de siete ediciones.

   Las palabras insertas sobre la misma portada del libro “El deber del poeta, es una rigurosa exigencia del alma impulsada sólo por Dios”, nos dan la pauta de la que es, a no dudarlo, una de las más serias inspiraciones místicas de los poetas argentinos jóvenes.

   Tal aserto se confirma ante la lectura del epígrafe que abre el texto mismo de “Si tú me lees…, sabrás amarme”. Dice allí del Valle: “Si eres un buen artista, posees un don de Dios; pues entonces, jamás pretendas felicidad alguna en este mundo”.

   A través de numerosos comentarios elogiosos recogidos por la prensa de todo el país, nos enteramos de que sus labores literarias no se limitan a las facturas de versos, cosas que, por cierto, del Valle hace con inusuales calidades, sino que también es autor de una novela titulada “Cobardes”, que pese a su condición inédita ha cosechado ya numerosas alabanzas.

   La presencia de una constante preocupación religiosa le ha llevado a concebir poemas que traducen, junto con un desesperado dolor de vivir, la seguridad de una recompensa eterna en el porvenir. Claramente se lo entiende en los versos de “Franquezas”, que transcribimos: “No quiero / que nadie me admire; / ni quiero / que nadie me alabe; / ni quiero / que nadie me ame; / y ni mucho menos / llorar alguien / cuando yo me muera”. / “Dejaré mi cuerpo / putrefacto a este mundo, / y yo, que es mi alma, / silencioso al cielo iré”.

Por el destacado Escritor, Periodista y Director
del diario “El Economista”, Dr. Dusan Radonjić.


LA PRENSA

(Año CV, N° 35.967, Buenos Aires, domingo 23 de junio del 1974).

SI TU ME LEES…, SABRAS AMARME.

   Traducciones de un mundo embellecido por las poesías del libro: “Si tú me lees…, sabrás amarme”, revela el íntimo gozo de un hombre ante cada circunstancia de la vida, que recrea sus bellezas o sus purezas recoletamente. Hay unos sentidos universales en las poesías de Arriel del Valle, poeta santafesino, de la misma manera que en ellas encuéntrase, unos sentidos gregarios y unas necesidades de compartir cosas buscadas con angustiosas y esperanzadas premuras. He aquí a una de sus poesías, como ejemplo, bajo el título “TENGO FE”, y que dice: “Vago solo, solo, / en donde mi mente / no imagina”. / “Cosas raras / me conmueven, / y no me detengo”. / “Y ya cansado, / prosigo la senda / del largo misterio, / buscando la luz”. / “Esa luz ignorada, / que borra mis cimas; / esa luz ignorada, / que quita mis penas; / esa luz ignorada, / ¡infinito Dios!, / quisiera encontrarla”.

   Poesías intimistas, llegan a los lectores por sus sinceridades, y se imponen por los mensajes humanos que les lleva. Poesías correctas, más destinadas a hincarse con entusiasmos en los sentimientos de los lectores por las fuerzas de las ideas y por sus recónditos romanticismos, que por las frías pulcritudes técnicas. En definitiva, mucho más poesías para “sentir” que para analizar desde sus estrictos y exigentes puntos críticos.

Por el conocido crítico, H.B., del diario “LA PRENSA”.

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