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martes, 7 de diciembre de 2010

ELOGIO DEL SILENCIO

En su obra Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones , el escritor Charles Bukowsky, el último beatnik, el primer hippie y uno de los más grandes borrachos de la historia, dice lo siguiente: "En las casas de los pobres, uno está condenado a oír los ruidos del otro. Lo escucha cuando grita, cuando cocina, cuando abofetea a su mujer, cuando va al baño, cuando se le escapa un cuesco, cuando la patrona le reprocha, llorando a los alaridos, su impotencia. Incluso se escucha, con todo detalle, el pormenor de sus actos sexuales. No hay privacidad entre los pobres. Siempre he vivido en casas así: departamentos de mala muerte, chozas con paredes de hard borrad y otras pocilgas. Más aún: siendo pobre, uno ignora que existe el silencio. No sabe lo que es. No comprende por qué el silencio puede ser agradable. Juzga que los demás merecen oír nuestros ruidos, nuestra música a todo volumen, nuestros gritos destemplados, nuestras carcajadas sin gracia. Por haber sido pobre la vida entera, hablo en voz alta y expreso ruidosamente todas mis emociones. Estoy convencido de que los vecinos (y el prójimo, en general) deben compartir mis experiencias digestivas, eróticas y familiares. Es lo que nos pasa a las personas que tenemos poca educación y bajo nivel de vida".

Puede agregarse que, a través de la historia, el silencio ha sido un privilegio de los elegidos. Hay silencio en los templos, en los monasterios, en los jardines, en los palacios, en las bibliotecas, en los laboratorios. Sólo los poderosos han merecido, hasta hoy, disfrutar del sosiego y la intimidad. Los pobres, en cambio, han vivido en la barahúnda de las calles oscuras, empujándose unos a otros, entremezclados con el chillido de los cerdos, el balido de las cabras y el llanto de los niños. Así ha sido, durante milenios, la vida de los desheredados, tal como la describe Bukovsky para la ciudad donde él mismo fue pobre: Los Angeles.

Pero sucede que vivimos en la sociedad del conocimiento y la abundancia. Una familia de clase media, hoy, vive mejor que los luises en Versalles, donde no había water close . Una familia de clase media tiene auto. Agua caliente. Hornallas para cocinar el puchero. Un televisor. Una computadora. Un teléfono. Cada persona duerme en su cama. Cuando llega el verano, la familia se asolea en una playa. A veces, hasta conocen Miami, Cancún o Marbella. Los chicos van al colegio. Todos saben leer. Todos saben nadar: hace 200 años, cualquier persona que se caía al río se ahogaba, fuera niño o adulto. En fin, las diferencias entre el standard de vida del siglo XV y la existencia moderna son infinitas.

Dado el desarrollo actual de la humanidad, es de suponer que el silencio, antes privilegio de reyes, nobles y cardenales, hoy debería ser parte del derecho normal a una calidad de vida decente, para cualquier persona. Como la escuela, el hospital o el techo propio.

Y sin embargo, en la Argentina, el silencio se considera sinónimo de opresión, tristeza o aburrimiento. ¡Qué curioso! Según este concepto, el ruido sería diversión. Incluso se utiliza la palabra en ese sentido: "Vamos al ruido", "vamos a la noche", "yo estoy en el ruido". Como si entendiéramos que ruido es alegría.

Y sin embargo, sabemos que el ruido altera la digestión, perturba el sistema nervioso, atrofia la audición y genera todo tipo de enfermedades.

El ruido de los recitales de rock resquebraja los edificios en las proximidades de los estadios de River o Ferro. ¿Qué no hará con nuestro pobre aparato neuropsíquico? Los automóviles circulan con los parlantes a todo volumen, los salones de fiestas aturden a cientos de vecinos, los jóvenes quedan embotados tras una sesión de 3 horas de alto ruido en la discoteca, aunque también puede contribuir el vodka, mezclado con cerveza y pastillas. De todos modos, salen del local, atestado de adolescentes que gritan sin oírse, con un molesto zumbido en los oídos. Ya nunca tendrán la audición de antes: sus tímpanos han sufrido un daño irreparable. A los veinte años, tienen sordera de viejos.

Así funciona todo el precario organismo humano, acribillado por el ruido de radios, megáfonos, autos, motos, motonetas, autobuses, bocinas, alarmas, ambulancias ululantes, parlantes, fiestas y otras muestras de alegría que no cesan a las tres ni a las cuatro de la mañana. Siguen y siguen y siguen. El insomnio va generando alteraciones nerviosas, digestivas y psiquiátricas. Las familias se enfrentan en verdaderas guerras de vida o muerte, una vez que se ha perdido la chaveta. Los vecinos se insultan. Los automovilistas intentan asesinarse mutuamente. Están aturdidos y han caído en la demencia por cacofonía.

Puede decirse que el ruido es nuestra forma de vida. No hay -en nuestro repertorio- instrumento más representativo de la alegría y la adhesión.¡que el bombo! Algo ha sucedido en nuestra pobre mente colectiva para que abracemos con tanto amor el sonido ensordecedor, simultáneo y agresivo de cientos de bombos.

Aunque parezca mentira, hay otro mundo.

Un amigo argentino recaló en un buen departamento, en la discretísima ciudad de Dortmund, Alemania. Después de un día de shopping y caminatas, decidió tomar una ducha.

Eran las diez de la noche. Apenas abrió la canilla, sonó el timbre. Acudió al llamado y abrió la puerta, envuelto en su toallón. Era un alemán.

- Soy el vecino, señor. No puede bañarse a esta hora. La ducha hace ruido. Todos tenemos que dormir, para levantarnos mañana a las cinco.

- Ajá. ¿Y si no le hago caso qué, va a llamar a la policía?

- Por favor, señor, no me obligue a llamar a la policía. La policía vendrá y será peor. Habrá una multa. Mejor dúchese mañana. ¿Si?

Mi amigo argentino cerró la puerta, cerró también la ducha y abrió la oreja. Apreció entonces que, en todo aquel barrio de clase media reinaba el más apacible silencio.

Todos convivían en paz y salud.


por ROLANDO HANGLIN
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1331355

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