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lunes, 20 de diciembre de 2010

Necromanía: esa extraña pasión de los argentinos por la muerte

El escritor repasa una genealogía que abarca la Revolución de Mayo, las disputas en torno a los cuerpos de Juan y Eva Perón, la mitificación de Gardel, Gilda y Rodrigo, los funerales de Sandro y Mercedes Sosa; y los desaparecidos.

Detrás del culto exacerbado a los muertos célebres, la sociedad argentina encubre una cierta incapacidad para clausurar el pasado, esboza el periodista Claudio Negrete en su libro Necromanía, una investigación que consigna los componentes morbosos de una cultura plagada de cuerpos profanados, manipulación de cenizas y funerales mediáticos.

“El cuerpo habla”, dicen los peritos forenses en la antesala de una autopsia, una expresión que también podría aplicarse a la forma en que una sociedad se despide de sus muertos, ese compendio de rituales que, según el antropólogo francés Louis-Vincent Thomas, diferencia a la especie animal de la humana, “la única para la cual la muerte biológica, hecho natural, se ve constantemente desbordada por la muerte como hecho de cultura”.

En Necromanía. Historia de una pasión argentina, recién editado por el sello Sudamericana, Negrete presenta los resultados de una investigación iniciada en 1996 y asociada parcialmente a la escritura de su libro anterior, La profanación de las manos de Perón, aunque en este caso convergen otros disparadores que permiten detectar “una serie de manías abusivas en torno al tema de la muerte”.

El periodista plantea una genealogía que arranca en los tiempos de la Revolución de Mayo y articula distintos ejes: disputas políticas alrededor de los cuerpos de Juan y Eva Perón; la mitificación de ídolos populares muertos como Carlos Gardel, Gilda o Rodrigo; los funerales mediáticos de Sandro o Mercedes Sosa; y la cuestión de los desaparecidos.

Negrete asegura, en entrevista con Télam, que “la necromanía argentina se alimenta de recuerdos que son idealizados”, y sostiene que aunque el vínculo conflictivo con la muerte es un tema común a la especie humana, “los argentinos siempre nos pasamos de la raya, porque solemos manipular a los muertos y su memoria”.



–¿Qué podemos leer en una sociedad que venera casi enfermizamente a sus muertos?

–Los argentinos hemos desarrollado una cultura muy particular respecto de la muerte. La necromanía es un comportamiento que no se circunscribe solamente a los cadáveres, sino que abarca la manipulación de su figura post mortem, las fechas patrias que recuerdan el fallecimiento de los próceres de la Historia argentina, la utilización mediática de los ídolos populares muertos, y la cuestión más compleja que son los desaparecidos. Si tomamos todo ese abanico, tenemos varias aproximaciones que nos llevan a pensar que en esta recurrente manipulación de la muerte subyace una apropiación nostálgica del pasado, una recordación de lo que cada muerto representa simbólicamente y la imposibilidad de aceptar que hay etapas históricas, sociales e individuales que se cierran, terminan y, valga la palabra, mueren.

La sociedad argentina evidencia una actitud casi adolescente que lleva a no cerrar cada etapa, a no asumir el duelo que significa ese cierre. Entonces se recurre permanentemente a la utilización de los muertos con la intención de mantener vivo el recuerdo y determinada simbología, o tal vez de utilizar el pasado y los muertos como instrumentos de vínculo con los vivos y, en el caso de la política, como instrumento de convocatoria.

–¿La necromanía se puede leer, entonces, como un rasgo de identidad que también involucra a otras manifestaciones como el tango? De alguna manera, ambas expresiones simbolizan ese gesto recurrente de mirar al pasado con un dejo de melancolía...

–Sí, el tango tiene muchas de esas manifestaciones, así como el folklore también. El Himno Nacional, incluso, termina con la frase “O juremos con gloria morir”. Es sorprendente que el mensaje que le podemos dejar hoy a un chico sea que para tener gloria hay que morir. Ese tipo de consignas tenían cierta lógica en la etapa de la emancipación, pero hoy el mundo funciona de otra manera. En ese sentido, nuestra vida cotidiana está plagada de expresiones coloquiales que refieren a la muerte: cuando queremos expresarle nuestro afecto a un amigo le decimos “a vos te banco hasta la muerte”, o si estamos esperando la llamada de la persona que amamos solemos decir “si no llama me mato”, o si un jugador de fútbol tiene un mal partido le gritan “sos un muerto”. Todo esto no es bueno ni malo: mi idea es instalar el tema para después reflexionar si es necesario que la muerte tenga tanta presencia en nuestra cultura y en nuestro lenguaje. Me pregunto de qué manera esa impronta define nuestra identidad.

–¿Rendir culto exagerado a la muerte no implica necesariamente que una sociedad esté preparada para afrontar sus duelos? Se podría pensar incluso que este culto exacerbado encubre por el contrario una negación de la muerte...

–Por distintos motivos, hay etapas y situaciones que el argentino medio y preminentemente urbano se niega a cerrar y no puede terminar de resolver. Un caso muy sintomático es el de los desaparecidos: la imposibilidad de hallar los cuerpos y de encontrar documentos que permitan esclarecer qué pasó con ellos; es decir, convierten esta etapa de la Historia argentina en un duelo irresuelto que obliga a seguir reclamando con los muertos como principal estandarte. Esos muertos siguen siendo la carga más fuerte que tiene hoy la sociedad argentina.

(Télam, por Julieta Grosso)



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