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Departamento GRAL. LOPEZ

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viernes, 17 de diciembre de 2010

Realismo


El escritor estaba delante de la pantalla vacía de su computadora cuando la mujer entró volando por la ventana. Él no le hizo caso y siguió mirando fijamente la pantalla. Necesitaba empezar una novela. Necesitaba escribir por lo menos un capítulo. ¡Necesitaba una frase! Y no tenía ni una sola idea.


La mujer le tocó el hombro.


— ¿Qué?, dijo él sin mirarla.


— ¿No me viste llegar?


— Sí, sí.


— ¿Y?


— ¿"Y" qué?


— Un inicio para tu novela. Escritor delante de la computadora. Entra la mujer volando por la ventana.


— No sirve.


— ¿Como que no sirve? Mírame. Estoy desnuda. Tengo un tatuaje en el trasero. Un corazón, un ancla y un nombre: "Capitán Carrancho". Sólo hasta aquí ya tienes una novela.


— ¿No supiste? El realismo mágico murió.


— ¿Qué?


— Nadie más vuela, nadie más tiene 300 años de edad o 200 metros de altura. Acabó.


La mujer se sentó en un sillón, desanimada.


— ¡Caramba!


— Gracias, de cualquier manera.


— Bueno.


Luego de un rato ella vuelve a hablar.


— ¿Y si, en lugar de una novela, tu contaras una experiencia tuya, una experiencia mística en la vida real? En la ficción ya no se puede, pero en la no—ficción sí que se puede. La realidad es el último reducto de la metafísica. Yo puedo ser tu ángel de la guarda.


— Yo nunca tuve una experiencia mística.


— ¡La estás teniendo ahora!


— No es lo mismo. Tú sólo te estás haciendo pasar por un ángel. ¿Y dónde se ha visto un ángel tatuado?


— Yo renuncio al tatuaje. Nunca conocí al Capitán Carruncho. ¡Ni siquiera tengo trasero!


— No, gracias, pero no.


— OK, dijo la mujer, resignada. Chao.


El escritor no tuvo tiempo de avisarla. Cuando gritó "¡Por la ventana no! Tú no vuelas m..." ya era tarde. Ella ya había salido. Él corrió hacia la ventana. El cuerpo estaba estirado en la vereda, allá abajo. Ya había personas alrededor suyo. Alguien miraba hacia arriba. Y lo señalaba.


El escritor volvió a la computadora. Se quedó esperando. Luego golpearon a la puerta. Él fue a abrirla. Era un policía.


— ¿Fue de aquí que, hace poco, se cayó un mujer desnuda?


Está bien, pensó el escritor. En la duda se apela para una intriga policíaca. Luego pensamos en cómo desarrollarla. Lo importante era empezar.


— Depende. ¿Cómo es la mujer? — pregunté, notando que él no había entendido la ironía.



Luis Fernando Verissimo

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