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jueves, 6 de enero de 2011

Beneficios de la militancia inmaculada


Por muchos años, los sectores autocalificados de progresistas se permitieron sospechar burlonamente de la independencia periodística de Bernardo Neustadt por el eslogan que presentaba la larga lista de anunciantes con el que comenzaba cada una de sus emisiones de Tiempo Nuevo . Todos lo recordamos: "Estas empresas, a las que les interesa el país, auspician a?".

Le criticaban también a Neustadt su adhesión oportunista a gobiernos civiles o militares a los que en algunos momentos solía defender con cierto ardor.

Paradójicamente, algunos de esos críticos hoy se han convertido en periodistas y animadores furibundamente ultra-K, a cargo de programas, productoras o, peor aún, de crecientes multimedios oficialistas que sólo subsisten porque el Estado derrama sobre ellos una pauta oficial multimillonaria como la que nunca podrían haber soñado y que no rinde cuentas a nadie.

La prosperidad repentinamente lograda es tanta que han dejado en segundo plano el periodismo, para abrazar con pasión la propaganda con la excusa de la militancia inmaculada.

"La propaganda -escribe la periodista María O'Donnell en su libro Propaganda K (Planeta, 2007)- no persigue la verdad ni busca informar: su objetivo es influir, disuadir, moldear un pensamiento."

Para ello el primer peronismo (1945-1955) armó un monumental aparato de comunicación oficial constituido por medios audiovisuales y gráficos, que cooptaba voluntades, obligaba a vender las empresas a los reticentes y confiscaba a los más reacios, como La Prensa .

El segundo peronismo (1973-1976) estatizó los canales de televisión y el tercero (Menem, 1989-1999) cedió a una privatización y extranjerización salvaje, aunque también quiso poner una pata en el negocio de los medios al promover el CEI, una poderosa corporación empresarial, con el sueño de competirle a Clarín . Algunos empresarios "amigos" de entonces se repiten en esta década.

El cuarto peronismo (los Kirchner, 2003 hasta ahora) no hizo gran cosa hasta 2008 cuando, al calor del conflicto con el campo, rompió su pacto de virtual cordialidad con el Grupo Clarín.

A partir de ese momento las agresiones contra la prensa, y especialmente contra ese multimedio, fueron persistentes e ininterrumpidas, teniendo en la ley de medios su ariete principal.

Noches pasadas, por Twitter, el director de la revista Imagen , Diego Dillenberger, hacía un elocuente recuento de medios de un lado y del otro: "De TV aire, sólo queda el 13. En el quiosco, La Nacion, Clarín y Perfil . Radio: Mitre y El Mundo. De las señales de noticias, los K ganan 5 a 1; las FM, 50 a 1, y la TV digital terrestre, 100 a cero".

Es verdad que también hay crítica en Continental, aunque allí ocupa el horario central de la mañana el converso Víctor Hugo Morales. A esto se suman la activa blogosfera y twittosfera K y publicaciones diarias y periódicas adictas. Eso sin contar los medios formalmente en manos del Estado.

Todo este andamiaje que no cesa de crecer, a pesar de contar con una cantidad de seguidores insuficiente para autofinanciarse, es sostenido sin regulación alguna por el dinero proveniente de un solo lugar: las arcas del Estado.

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1338886

Pablo Sirvén
LA NACION
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