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miércoles, 23 de febrero de 2011

Una mirada sobre la práctica del poder en Argentina


Jamás en la historia el Estado argentina había logrado el nivel de reserva monetaria que ostenta en la actualidad. Ni siquiera cuando la Segunda Guerra Mundial convirtió al país en el “granero del mundo”. Más de 50 mil millones de dólares tiene en sus arcas el Banco Central de la República para dar sustentabilidad a un modelo político-económico que se fundamenta en la altísima rentabilidad de las exportaciones agropecuarias.

Sin embargo, bastaron un par de decisiones políticas, económicas y sociales para provocar un descalabro total que en 100 días provocó una muerte, desabastecimiento generalizado, hambre en amplios sectores desprotegidos de la sociedad, más inflación y un verdadero drama nacional como consecuencia de la creciente fragmentación social.

El traslado del debate al Congreso de la Nación puso paños fríos al conflicto y al momento de redactarse este artículo todos esperan una solución. Pero la tesis que se aquí se expone, que acepta ser tildada de pesimista, sostiene que no habrá por ahora una solución sino apenas paños fríos.

Es que, a pesar de tanta historia repetida, los argentinos parecen no haber identificado ni asumido su problema. El reciente enfrentamiento nacional nos lo ha echado en cara: muchos de los conflictos terminales que explotaron en el país hace apenas siete años, y que algunos creían haber pasado a la historia (“…hemos salido del infierno” es la frase preferida de los que se arrogan el mérito) están allí, latentes, como esas úlceras mal curadas que se irritan y provocan dolor ante la menor situación de estrés.

El nuestro es un problema que encuentra sus raíces en la manera en que -a propósito de la definición de cultura- “cultivamos nuestra forma integral de vida”, es decir, la forma en que vivimos, nos relacionamos, nos expresamos, creemos, sentimos y nos comportamos.

¿De dónde, si no, salen los dirigentes sociales que se reconocen cristianos y progresistas, y que en nombre del cristianismo y del progresismo irrumpen a golpes en plazas porteñas o en la escena mediática de la política nacional?

¿De dónde salen los dirigentes agropecuarios que se arrogan el derecho de cortar rutas nacionales e internacionales aun reconociendo que se trata de un delito federal?

¿De dónde salen los gobernantes que, sean del partido político que sean, disfrazan sus maquinaciones de poder con dialécticas universitarias cada vez menos creíbles por incoherentes?

¿De dónde salen los presidentes, los gobernadores, los intendentes que cuando son opositores ponen el grito en el cielo por lo mismo que harían o que hicieron en el pasado cuando les tocó ejercer el poder?

Provoca vergüenza ajena escuchar a un ex gobernador de provincia argentina reclamarle actitudes federales a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuando, apenas dos años atrás, el que ahora reclama soslayaba absolutamente el principio federal de distribución de ingreso para perjudicar a un intendente enemigo.

Ejemplos como éstos sobran en la dirigencia política argentina de hoy y del pasado. La cuestión que nos preocupa es cómo se generan estas actitudes que a todas luces tienden a la división, a la disputa interna, al interés egoísta en perjuicio del bien común.

Muchos ciudadanos comunes se preguntan hoy en la Argentina de dónde salen estas personas, esta dirigencia con esta particular praxis política.

Salen de los mismos hogares y de las mismas escuelas de las que salimos los que nos decimos “normales”; nosotros, los que sin sonrojarnos detenemos y estacionamos nuestros coches en doble fila o en lugares donde está prohibido; nosotros, los que no usamos cinturón de seguridad; los que utilizamos el teléfono celular mientras conducimos; los que no usamos casco cuando vamos en motocicleta; los que arrojamos papeles en cualquier lado, pasamos semáforos en rojo, intentamos evadir el pago del peaje a los bocinazos, fumamos en los baños de los edificios públicos para que no nos descubran.

Nosotros, los que tratamos de “colarnos” en las filas de los bancos o del almacén, o nos “colgamos” del cable del vecino para no pagar el servicio de TV, entre otras cosas.

La práctica responsable del poder reclama de los dirigentes políticos el permanente recurso a las virtudes de la paciencia, la modestia, la moderación, la caridad y la generosidad. Y está visto que es lo que menos hacen. Pero nosotros, los “normales”, mostramos el mismo desapego por esas virtudes cada vez que ejercemos los pequeños “espacios de poder” que nos otorga la convivencia cotidiana: la conducción de un vehículo, el espacio laboral o profesional, las relaciones personales y hasta la convivencia familiar.

Cada argentino creyente podría decir como el poeta: “La historia de mi patria es la historia de mi alma”, sin el más mínimo apetito metafórico. Pura realidad. Somos un pueblo pecador e hipócrita que cada tanto cae víctima de sus propias miserias, se desencanta de sí mismo y se deprime hasta la desesperación. Es posible también que hasta que no medie un proceso de arrepentimiento y conversión, como ocurre en la historia de cualquier alma, la Argentina no será capaz de perdonarse y de perdonar.

Nuestra tesis sostiene que el camino más sencillo pero, a la vez, el más largo, es el que parte de las conversiones personales de los ciudadanos para luego expandirse a través de ellos mismos a las estructuras sociales e instituciones públicas y privadas.

Hace un año planté varias flores en la puerta de mi casa. La decisión provocó reacciones: familiares, amigos y vecinos, desde los más viejos hasta los más jóvenes, dijeron que como estaban al alcance de cualquiera, sin protección, las plantitas no iban a durar mucho. “Esperemos que no”, respondí. Pero las flores fueron robadas, arrancadas de raíz, con terrón incluido, para ser plantadas en otro lado. Durante semanas me ocupé de reponer cada plantín robado, pero duraron hasta que el primer pimpollo llamó la atención de los ladrones.

¿Ladrones? No, me respondí. No son ladrones, sino gente “común” que como “puede” hacerlo, toma lo ajeno. Ante la evidencia, todos los que me habían advertido que ocurriría, lo reiteraron. Opté entonces por poner una planta con espinas, pero confieso haber analizado instalar un sistema eléctrico de baja tensión para amedrentar a los saqueadores.

Metáfora social: hemos forjado una cultura que se avergüenza de sí misma porque sabe que hace mal las cosas, pero no cambia.

Entonces se endurece y planta espinas en lugar de flores, rejas en lugar de ventanas. Pone temor y odio donde podría haber esperanza

Periodista, Director del Periódico Católico
“Encuentro” de Córdoba, Argentina.



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