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martes, 28 de junio de 2011

Los problemas del progresismo anti K.

 Y el posible regreso del escenario “Blancanieves y los siete enanitos”



Cierre de presentación de frentes y alianzas políticas. Un motivo más para los festejos anticipados en la Casa Rosada. El flamante Frente Amplio Progresista (cuyas siglas FAP fueron usadas hace tiempo por Cacho El Kadri para denominar otro tipo de emprendimiento político) que sufrió una reducción antes de poder siquiera quedar inaugurado. Una de sus patas electorales más importantes, el Movimiento Proyecto Sur de Pino Solanas decidió, por disconformidades con el Partido Socialista de Hermes Binner y con el GEN de Margarita Stolbizer, presentar un frente político por las suyas.

Pero el desaguisado presenta semejante cantidad de enredos que trasunta un nivel político bastante inferior a una comedia de Darío Vittori (se remite a los más jóvenes a Wikipedia). Recordemos que Ricardo Alfonsín se sacó la foto con Hermes Binner y la exhibió como garantía de su progresismo a la vez que bramó “que se rompa pero que no se doble”, ante la propuesta de Ernesto Sanz por una coalición ampliada que incluyera también a fuerzas de centroderecha, especialmente, Francisco de Narváez. Luego fueron Hermes Binner y Margarita Stolbizer que, cuando se sacaron la foto con Pino Solanas y Luis Juez como garantes de su progresismo (!), bramaron “que se rompa pero que no se doble”, ante el acuerdo de Ricardo Alfonsín y su anterior “límite”, Francisco de Narváez. Ahora es Pino quien brama “que se rompa pero que no se quiebre”. En fin.

Y todo fundamentado en un purismo ideológico, que se defiende de las críticas por las sucesivas rupturas, al explicar que “es mejor que las diferencias sucedan ahora y no en el Gobierno”. Lo que es casi lo mismo que admitir que el kirchnerismo gobierne por veinte años más y que la gente no se moleste con ir a votar al cuete.

Ocho son los frentes anotados ante la justicia electoral para participar el 14 de agosto en las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, las PASO, que decidirán quiénes “pasan” literalmente a disputar las elecciones presidenciales. Claramente las PASO no serán una “interna”, pero ciertamente forzaron a que cada fuerza política dirimiera quiénes serían sus candidatos ex ante y a su modo. En un punto, esto será algo bueno, si al menos se consigue que el periodismo deje de llamarlas “internas abiertas”. Pero no hay que hacerse muchas ilusiones.

Si cada uno de los frentes presenta candidatos, y “pasan” todos (recordemos que tienen que obtener los votos del 1,5 por ciento del padrón nacional), la metáfora de Blancanieves y los siete enanitos encontrará en la realidad electoral argentina expresión literal. Una fuerza política dominante, el Frente para la Victoria, con Cristina Fernández como candidata (ya son pocos en el oficialismo los que tienen alguna duda de que ella finalmente no se presente) y el resto de los votos desperdigados entre todos los opositores.

Las desavenencias de última hora minan las posibilidades de consolidación de la novedad progresista como una nueva fuerza en la Argentina. Todo parece indicar que el enclenque armado se disgregará apenas pase octubre, como la historia electoral del país lo demuestra, pródiga en “fuerzas flash” que crecen rápido, nunca florecen y desaparecen como si nunca hubieran existido. Frente a los problemas egóticos, la opinión pública, fogoneada con todo derecho por los publicistas oficiales, manifestará su objeción clásica: “Quieren gobernar pero no pueden ni ponerse de acuerdo para las elecciones”.

Estas dificultades también manifiestan un desafío más estructural: cómo es posible amalgamar partidos políticos institucionalizados, organizados sobre un determinado territorio, con sus jerarquías, reglas y cultura internas con esos “espacios”, esas “redes” reunidas alrededor de alguien que sólo tiene su popularidad personal como activo (sin olvidar lo crucial que es esto desde el punto de vista electoral).

Desde el lado progresista, siempre se usa el ejemplo de lo que ha sido la experiencia de la Concertación chilena, como la fuerza política que integró partidos que inclusive habían sido enemigos en un pasado no tan lejano (la Democracia Cristiana, si bien con Radomiro Tomic había avalado la llegada de Salvador Allende al poder, con Eduardo Frei de nuevo en el liderazgo partidario se convirtió en su enconada opositora). Sin embargo, tanto el Partido Socialista como la Democracia Cristiana eran partidos consolidados a nivel nacional y que sellaron acuerdos electorales en cada distrito político.

A una escala provincial, es lo mismo que sucede hoy en Santa Fe: la fórmula para gobernador del oficialismo santafesino junta a un socialista y a un radical y mantiene la coalición entre ambos partidos a nivel provincial, pese a las desavenencias en el orden nacional, donde cada uno irá con candidatos propios.

No tenemos que ir muy lejos para saber qué sucede cuando dos fuerzas heterogéneas se unen sólo por motivos electorales. La Alianza fue un buen ejemplo de ello: un partido tradicional, institucionalizado, el radicalismo, y un espacio de candidatos populares (Carlos Chacho Álvarez y Graciela Fernández Meijide). Ante los problemas del ejercicio de gobierno, llegó la ruptura y el sálvese quien pueda, que asimismo agrava y obtura las posibilidades de enfrentar la crisis.

Por eso, los radicales juran y perjuran que (si vencen) no replicarán los problemas pasados, y la coalición con De Narváez tendrá expresión sólo como un acuerdo entre una fuerza provincial (si el hombre de Unión PRO también vence, claro). Y, aunque el “Colorado” se plantó y rechazó que la UCR fuera con la legendaria lista 3, todos quedaron finalmente amparados bajo la no muy sexy etiqueta Unión para el Desarrollo Social.

De todas formas, el radicalismo también festejó la división del Frente Amplio vernáculo. En el viejo partido centenario se esperanzan con que las PASO se conviertan en una especie de primera vuelta, al informarle al electorado opositor, al menos al electorado opositor no ideológico, cuál es la fuerza en la que conviene depositar ese “voto útil, estratégico o defensivo” (voto a quien pueda ganarle a la alternativa “que más me disgusta”). Por otra parte, confían en que los peronistas anti K rompan con el prejuicio psicológico de no votar a un compañero y, De Narváez mediante, logren reducir a Eduardo Duhalde a la mínima expresión (hay gente mala que dice que el único motivo por el que el ex presidente se presenta es porque Chiche lo atormenta con que quiere ser nuevamente senadora).

Con los frentes y acuerdos presentados, sólo le resta al proceso electoral, que se presenten ante la justicia todas las precandidaturas -con la fecha límite del sábado 25- para que la ciudadanía comience a decidir con su voto.

Sí, las apuestas más interesantes son las que aventuran quién completará la fórmula presidencial del Frente para la Victoria. En su momento, el favorito era Carlos Zannini, pero parece que al hombre le gusta tanto su oficina que quiere seguir trabajando en ella antes que mudarse al Congreso. Le siguen casi empatados los sub 50, Amado Boudou y Juan Manuel Abal Medina. El que apareció en los últimos días, rutilante, pero perdió luego un poco de brillo, fue el Supremo Eugenio Zaffaroni. Hoy suena, y mucho, el gobernador Jorge “Coqui” Capitanich, también sub 50.

En fin, ¡abran juego señores!

Por Luis Tonelli

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