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Departamento GRAL. LOPEZ

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martes, 19 de julio de 2011

Profeta Daniel y de los 3 Jóvenes Ananías, Azarías y Misael


El profeta Daniel era aristócrata y posiblemente de familia real. En el cuarto año del reinado de Joaquín, durante la primera conquista de Jerusalén por Nabucodonosor (605 a.C.) el muy joven Daniel cayó prisionero en Babilonia. Con otros adolescentes de alto origen fue enviado a una escuela de preparación para el servicio en la corte del rey cuando tenía entre catorce y diecisiete años.

En la escuela estudiaban con él tres amigos: Ananías, Azarías y Misael. Durante varios años debieron aprender la lengua local y diversas ciencias caldeas. A estos alumnos judíos les cambiaron sus nombres por los de: Daniel, Beltsasar; Ananás, Sadrac; Misael, Mesac y a Azarías, Abed-nego. Pero, a pesar de los nombres paganos, los jóvenes no cambiaron la fe de sus padres. Temiendo profanarse con la comida pagana le pidieron a su educador no recibir alimentos de la mesa del rey (que era salpicada por la sangre de los sacrificios) y poder consumir sólo una comida sencilla compuesta de vegetales. El educador accedió temporalmente y durante diez días los jóvenes comieron sólo alimentos de origen vegetal. Al final de la prueba se vio que ellos resultaron estar más sanos que sus compañeros que comían de la mesa del rey. Desde entonces se les permitió continuar su régimen vegetal. El Señor recompensó a los piadosos jóvenes con progresos en las ciencias, y el rey durante los exámenes descubrió que ellos eran más sabios que los magos babilonios.

Después de terminar sus estudios, Daniel y sus tres amigos fueron designados para servir en la corte del rey. Daniel quedó como cortesano durante los reinados de Nabucodonosor y el de cinco de sus herederos. Después de la derrota de Babilonia quedó como consejero del rey Darío de Media y del rey persa Ciro (Dn. 6:28)

Dios le otorgó a Daniel la capacidad de interpretar visiones y sueños. Daniel la dio a conocer al explicar dos sueños de Nabucodonosor (caps. 2 y 4). En el primer sueño el rey vio un enorme y temible ídolo que fue destruido por una piedra que cayó de una montaña. Daniel explicó que el ídolo simbolizaba a cuatro reinos paganos que sucederán, entre los cuales el primero era el babilonio y el último el romano. La piedra que romperá al ídolo simboliza al Mesías y la montaña a Su Reino Eterno. Daniel termina así su explicación del sueño: "Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen....de la manera que viste que del monte fue cortada una piedra, no con mano (nacimiento del Salvador sin la participación de un padre terrenal), e hirió a la imagen... y todo fue desmenuzado...y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra... Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre..." (Dn. 2:31-45).

Este sueño resultó ser una visión profética acerca de la Iglesia. Efectivamente, la fe cristiana que apareció en el imperio romano se dispersó por todo el mundo y continuará existiendo hasta el fin del mundo, mientras los grandes reinos paganos desaparecieron sin dejar rastros.

En el tercer capítulo de su libro, Daniel cuenta la hazaña de sus tres amigos, quienes se negaron a adorar el ídolo de oro (Marduk) por lo que fueron arrojados a un horno prendido. Pero un Ángel de Dios los conservó intactos en el fuego. La oración de agradecimiento de los tres jóvenes sirve de modelo para los irmos de los cánticos octavo y noveno del canon del servicio matutino.

Sobre la actividad de Daniel durante los siete años del reinado de los tres herederos de Nabucodonosor (Evil-Merodac, Neriglisor y Lavosoadac) no se conoce nada. El asesino de Lavosoardac, Nabonid cogobernó con su hijo Belsasar. En el primer año de Belsasar, Daniel tuvo una visión sobre los cuatro reinos, que se trasformó en la visión del cielo y de Dios en la imagen del "Anciano" y del "Hijo del Hombre" (o sea el Hijo de Dios que tenía que encarnarse (Dn. cap.7). Como sabemos de los Evangelios el Salvador se llamaba a sí mismo a menudo "Hijo del Hombre," haciéndole recordar a los judíos la profecía de Daniel. Durante el juicio del Sinedrión, cuando el sumo sacerdote Le preguntó a Jesucristo si Él era el prometido Mesías, el Señor indicó directamente la visión de Daniel y le recordó sobre la gloria celestial del Hijo del Hombre (Dn. cap. 7; Mt. 26:64). La parte más importante de la visión de Daniel se refiere a los tiempos precedentes al fin del mundo y al Juicio final. Pero algunos rasgos de esta profecía predicen las persecuciones de Antíoco Epífanes en el III siglo a.C. y las persecuciones a la Iglesia en los tiempos del anticristo.

La visión siguiente, anotada en el tercer año de Belsasar sobre dos monarquías bajo el aspecto de un macho cabrío y de un carnero también se refiere al fin del mundo. Estas visiones tienen caracteres comunes con visiones del Apocalipsis de San Juan el Teólogo (Dn. cap. 7-8; Ap., cap. 11-12 y 17).

Babilonia fue tomada por el rey Darío de Media, en el decimoséptimo año del reinado de Belsasar (539 a.C.). Belsasar fue asesinado durante la conquista de la ciudad, tal como le fue profetizado por una mano misteriosa que escribió sobre una pared: MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN (tú eres insignificante y tu reino será dividido por Medos y Persas (Dn 5:25-31). Daniel le interpretó esta inscripción a Belsasar. Anteriormente, la caída de Babilonia fue predicha por los profetas Isaías y Jeremías (Is. caps. 13-14 y 21; Jer. cap. 50-51). En el libro del Apocalipsis Babilonia representa al reino del mal mundial (Apoc. 16-19).


En el reinado Darío de Media, Daniel era uno de los tres principales dignatarios del reino. Los cortesanos paganos calumniaron a Daniel ante el rey por envidia y con astucia lograron que Daniel fuera tirado a un pozo con leones. Pero Dios conservó su profeta intacto (Dn. cap. 6). Más tarde Daniel recibió una revelación sobre las "setenta séptimas" (70 por 7 = 490 años) en la que se señala la época de la llegada del Mesías. (Dn. cap. 9).

Daniel fue prosperando durante el reinado de Darío, y durante el reinado de Ciro, Persa. No sin su influencia Ciro dictó el decreto (536 a.C.) sobre la liberación de los hebreos del cautiverio. Según la tradición el profeta Daniel le mostró a Ciro la profecía de Isaías sobre él (Is. 44:28-45: 13). Sorprendido por esta profecía a cerca de sí mismo, el rey reconoció el poder del Señor y le ordenó a los hebreos construir el templo de Jerusalén en Su honor (1 Esdras cap. 1). En este reinado, Daniel por segunda vez fue milagrosamente salvado de los leones tras haber matado al dragón venerado por los paganos (Dn. cap. 14). En el tercer año del reinado de Ciro en Babilonia, Daniel tuvo una revelación sobre el futuro destino del pueblo de Dios con relación a la historia de los países paganos (Dn. caps. 10-12). Las predicciones sobre las persecuciones a la fe hacen referencia tanto a las de Antíoco Epífanes como a las del anticristo.

Sobre el siguiente destino de Daniel poco se sabe. Murió muy anciano con una edad cercana a los novena años probablemente en Suzac (Ekbatana). Su libro comprende catorce capítulos y los primeros seis constituyen una reseña histórica. En ellos se relata como la gloria de Dios se difundía durante el cautiverio tanto entre los judíos como entre los paganos. Los capítulos del siete al doce son proféticos y contienen las visiones sobre el futuro destino de los pueblos paganos entre los que vivían los judíos y sobre el destino del Reino de Dios, es decir, la Iglesia.

Es sorprendente la exactitud con la que Daniel profetizó la cronología de la llegada del Mesías y del comienzo del Nuevo Testamento.
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