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martes, 1 de octubre de 2013

El derecho a pensar diferente

En más de una oportunidad sea considerado que aquellas cosas de las que más se habla en una sociedad, y sobre todo si se consideran un objetivo logrado, brillan por su ausencia. Es tal la despreocupación general por lo que se considera conseguido que casi sin darnos cuenta podemos incorporar comportamientos que contradicen frontalmente los principios que sobre los que “en teoría” no tenemos la menor duda.

Es corriente escuchar que se habla y se escribe sobre el derecho a ser diferente, también se hace alusión a personas con capacidades diferentes, y hasta casi nadie se atreve a pronunciarse sobre si algo es mejor o peor, porque son simplemente cosas diferentes, incomparables por tanto.

Pero suele fallar la coherencia cuando se trata de que alguien “piense” diferente, y lo diga –o lo escriba. Entonces es muy difícil admitir una voz que desentona en el coro de lo que se considera políticamente correcto. E inmediatamente surgen reacciones virulentas, pero no refutando razonablemente esas ideas diferentes algo cabalmente legítimo. Y que cuando se hace con argumentos que se mantienen en el orden de las ideas es difícil que se descienda a niveles poco civilizados. El problema es que por lo general la reacción es en contra de la persona que sostiene esas ideas, como si no tuviera derecho a pensar diferente. 

Lo cierto es que hay que reconocer que cuando se dicen algunas cosas que honestamente se piensa que son verdades, aunque se trate de opiniones personales, hay que superar el temor a que personas que se estiman mucho no se sientan heridas, no resulten, a pesar de la rectitud de los juicios y la carencia de una intención menos recta, ofendidas. Por lo que a veces parecería que, aunque sea un poco triste y no se trate de una ley inexorable, no haya más remedio que reconocer que “quien dice las verdades pierde las amistades”. ¿Qué hacer entonces? Porque ya lo dijo el viejo Aristóteles: la amistad es una de las necesidades fundamentales para poder vivir una vida plenamente humana.

De todos modos del mismo personaje –al menos a él se le atribuye- nos viene el consejo: “soy amigo de Platón, pero más amigo soy de la verdad”. Y entiendo que este amor a la verdad nos ha de llevar a hablar, a escribir, ejerciendo una libertad que  en principio está garantizada: la libertad de expresión. Aunque no se trata sólo de no estar amordazados sino de poder decir lo que pensamos sin riesgo para una concordia imprescindible para lograr una convivencia saludable.

Y si alguien no estuviera de acuerdo con esas opiniones que discrepe en un clima de altura, propio de las ideas y las convicciones, sin el enrarecimiento propio de los golpes bajos, de los insultos, por disimulados que parezcan, ni del amparo que se podría esgrimir en heridas que se hayan recibido más por una susceptibilidad extrema que por lo que pueda debatirse en un ámbito de diálogo sereno, que no implica falta indiferencia.

Algunas veces hace falta ser un poco héroe para decir lo que se piensa. Y si fuera necesario, no habrá más remedio. Pero ¿por qué someter casi a la “violencia” del heroísmo cuando se supone que vivimos en una sociedad democrática y tolerante?
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