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miércoles, 19 de mayo de 2010

Fábula de la cebolla (o el eterno renacer peronista)

El PJ se prepara para despedir al kirchnerismo y dar otro giro ideológico. Alquimia de sobrevivir sumando todas las ideologías.
Como la cebolla, el peronismo tiene muchas pieles. Y las va cambiando según las estaciones históricas. Curiosa metamorfosis, por cierto, ya que, a diferencia de lo que sucede con otras especies, la nueva dermis le permite al justicialismo descartar por completo la anterior. Su organismo tiene escasa memoria o posee una extraordinaria capacidad para seleccionar los recuerdos: si la piel que lo cubrió recientemente no le dejó el sabor dulce del éxito o, peor aún, lo asomó al bochorno, elimina el recuerdo. Ya se sabe, por ejemplo, que Isabel Martínez, Raúl Lastiri o José López Rega no entran en la biografía oficial del movimiento fundado por Perón. Montoneros salió y entró de esa historiografía según el grado de amnesia que la sociedad haya experimentado a la hora de juzgar la violencia y el autoritarismo, después de todo, el propio general los albergó y los echó de la Plaza a su antojo. Y Carlos Menem, por supuesto, fue un presidente neoliberal que nada tuvo que ver con el peronismo.
Qué duro y triste debe ser para Néstor Kirchner imaginar su próxima parada, una vez que la piel progre que circunstancialmente encubrió al peronismo se chamusque para dar lugar a otra de color y textura novedosos. Porque, vamos, si la historia argentina no da una voltereta –y nada indica que eso vaya a suceder –, el PJ tendrá pronto una nueva corteza. ¿Qué duda cabe? ¿Quién puede imaginar que NCK sea el feliz poseedor de la llave que cierre tras de sí la crónica de la corriente política más grande e importante del último siglo? ¿Por qué suponer que esta vez sí, el altar se abrirá generoso para albergar –junto a los únicos incuestionables, Perón y Evita– a la nueva dinastía surgida en el 2003?
El poder y la caja, se ha probado, no garantizan la gloria eterna. La renovación se ha puesto en marcha. Dentro de muy poco sabremos quién encabezará el nuevo ciclo. Será Reutemann o Solá. Quizá Macri, De Narváez o Scioli. Es posible que surja algún otro. Pero será, con certeza, un hombre (o una mujer) sin pasado.
Si la misma nave, incluso con la misma tripulación, pudo llevar a cabo la reforma liberal más audaz de la historia argentina y su posterior mutación en neoestatismo keinesiano, es fácil concluir que habrá otra historia después de la historia K. La justicialista es la única doctrina que admite ser privatista hoy y estatista al día siguiente. De derecha ayer, de izquierda a veces y de centro casi siempre. Obras Sanitarias fue de la Nación, después de capitales extranjeros y nuevamente nacional y popular, todo eso bajo el mismo partido administrando el país, sólo que en pieles diferentes. Hasta los funcionarios que la privatizaron suelen coincidir con los que la estatizaron. Eso es la tercera posición, el arte del eclecticismo que también le permitió a Perón estar cerca de los aliados, del Eje, sin romper con el comunismo. Un sello tan argentino como Maradona, fuente de satisfacciones inagotables en el concierto de naciones civilizadas, dilema irresuelto en los manuales escolares del mundo moderno, base de una doctrina tan laxa que permitió a algunos analistas ubicarla entre la franja que va del fascismo italiano al maoísmo, una definición tan ancha como la 9 de Julio, dicho sea de paso, la más ancha del mundo. Claro. La alquimia es extraña, pero funciona así: el que ayer era un cipayo liberal hoy puede ser un progre de avanzada. Y mañana, quién sabe, una moderna versión de centro derecha al estilo del Partido Popular español. El Movimiento tiene puertas giratorias.
Los que no integran la mitad más uno (décimas más, décimas menos) de la Argentina se han acostumbrado desde muy jóvenes a estas fluctuaciones. Incluso han llegado a tomarlas con naturalidad. Una importante porción de país balconeó, con perplejidad pero sin escarmentar, la interna abierta más sangrienta de su historia. Fue allá por la década del ’70. A la derecha del general, Lopecito, y a su izquierda, el comandante “Pepe” Firmenich. ¿Qué hacía mientras tanto la mitad menos uno (décimas más, décimas menos)? Miraba desde la Popular, tratando de evitar los balazos.
Veinte años después, la mitad más uno (décimas más o menos) pegaba el volantazo y convencía a la mitad menos uno (décimas más o menos) que el mercado era el reino del Señor, el indulto la herramienta de la pacificación, que no había más izquierdas ni derechas y que un peso argentino valía más que el dólar o que el yen. Se enviaron botes a la Guerra del Golfo, se declaró carnal la relación con uno de los dos imperialismos (el que sobrevivió) y se puso de moda gastar la plata en televisores y otras chucherías.
Cuando la mitad menos uno pensaba que había llegado el fin de la Historia, la mitad más uno volvió a inaugurarla. Y todo empezó a girar nuevamente. Ahora bajo la marca K. Se recicló entonces –sin ningún debate- la vieja retórica, se desplegaron las banderas que estaban guardadas en el placard, se amputó sin más trámite el pasado reciente. Y la patria, libre y soberana, asomó otra vez.
Lo único que no cambió fue la tripulación. Salvo los que se llevó la inundación o la biología, los hombres siguen siendo los mismos. Que, como decía Perón, son los que están primero. ¿O era al revés?


Por Jorge Sigal Imprimir artículo
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