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viernes, 3 de agosto de 2012

Monseñor Enrique Angelelli - A 32 años de su asesinato


En esta breve síntesis de datos biográficos y “pinceladas” textuales  ofrecemos una visión aproximada de la inmensa figura testimonial de Enrique Angelelli, como ejemplo de “compromiso” y “coherencia”. 

Enrique Ángel Angelelli nació el 17 de julio de 1923, en Córdoba. Fue el primer hijo de Juan Angelelli y Celina Carletti, inmigrantes italianos que  vivían en la zona denominada entonces “Camino Rodríguez del Busto”, en las afueras de la ciudad. Era lugar de chacras y quintas, donde se cultivaba alfalfa, maíz, porotos, lechuga y otras hortalizas que llevaban al mercado de la ciudad. El cuidado de algunas vacas, cerdos, gallinas y caballos completaban la actividad rural de la familia Angelelli, aprendida en su Italia natal. 

A los 15 años ingresa al Seminario Metropolitano de Córdoba  donde cursa los cinco años de latín y humanidades. De esa época de seminario le quedó entre los compañeros el sobrenombre de “Canuto” porque casi no tenía cabellos y “le salían en la cabeza unos pelitos como los canutos que tienen los pollos, antes de que les salgan las plumas”. Después se lo conocerá simplemente como “el Pelado”. 

En 1943 inició el ciclo de los tres años de la filosofía en el Seminario Mayor. En 1947, al ingresar al segundo año de teología fue enviado a Roma para completar sus estudios en el Colegio Pío Latino. Tenía 26 años cuando recibió la ordenación sacerdotal en octubre del 49. Continuó  un año más en Roma hasta obtener la Licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana.


De regreso al país comenzó su labor pastoral como Vicario Cooperador en la Parroquia San José de Barrio Alto Alberdi, en la ciudad de Córdoba, y Capellán del Hospital Clínicas. Las villas miserias de la zona,  ubicadas entre las calles Deán Funes y 9 de julio al 1500, eran visitadas asiduamente por el P. Angelelli, y este contacto con la realidad de los desposeídos fue haciendo crecer en él la predilección por el servicio de los pobres.  

En 1952 fue designado asesor de la JOC (Juventud Obrera Cristiana), encargándosele la atención  pastoral de la  capilla de Cristo Obrero.  Allí se instaló en un altillo, al costado de la capilla, que formaba parte del Hogar Sacerdotal, donde vivían varios sacerdotes. 

Una casa siempre abierta, donde el mate funcionaba a toda hora. Era el lugar de preferencia del clero cordobés y la presencia del “Pelado” Angelelli lo había convertido en un lugar de encuentro y consulta permanentes de sacerdotes, porque “como cura nucleaba voluntades”. 

Los circos, con payasos, acróbatas y animales, acostumbraban por aquellos años a instalar sus carpas en los predios aledaños a la intersección de La Cañada y el Río Primero, a sólo una cuadre de la Capilla del Cristo Obrero. El P. Angelelli se acercaba a visitarlos en sus carpas, ofreciéndoles todo tipo de ayuda, por lo que terminó con los años siendo prácticamente el Capellán de esa gente; volvía un circo a Córdoba e inmediatamente iban a buscarlo a él.
  
Por la JOC sentía un atractivo especial. Se había consustanciado con los objetivos de este movimiento después de conocer en Roma y entablar un profunda relación con su fundador, el sacerdote belga José Cardjín.  Supo apropiarse del método jocista: ver-juzgar-actuar.  

En esta época decía: “El hombre no puede ser un desencarnado, lo religioso no puede hacer perder de vista las necesidades más elementales de los seres humanos, menos de los pobres, sino por el contrario, la  religión deber servir para que el hombre se dignifique totalmente, humana y espiritualmente...” 

Hacia 1958, la actividad sacerdotal del P. Angelelli era múltiple e intensa. Además de la asesoría de la JOC, participaba en la Junta Arquidiocesana de la Acción Católica, dictaba clases de Derecho Canónico y Doctrina Social de la Iglesia  en el Seminario Mayor y era Profesor de Teología en el  Instituto Lumen Christi y otros colegios religiosos. Trabajaba en la Curia Arzobispal y ayudaba en la pastoral universitaria, colaborando en el asesoramiento de algunos centros de la Juventud Universitaria 
Católica (JUC).  


El 12 de diciembre de 1960 fue designado por el Papa Juan XXIII, Obispo Auxiliar de Córdoba, y el 20 del mismo mes fue nombrado Vicario General de la Arquidiócesis. El 12 de marzo de 1961 recibió su consagración episcopal en la Catedral de Córdoba, abarrotada de obreros y de gente humilde. Eligió como lema para su escudo episcopal la frase del Evangelio de Juan: “Para que todos sean uno”. 

A poco de andar comenzaría a sobresalir en su persona una nueva imagen episcopal, que contrastaba con los usos y costumbres de entonces. Era un aire de hombre consustanciado con el pueblo, por lo que no aceptó la recomendación de abandonar el uso de su moto “Puma”, “porque no era digno de él, como Obispo...” 

El 11 de octubre de 1962 se inició el Concilio Ecuménico Vaticano II. Un mes antes el Papa Juan XXIII, en un radiomensaje, había dicho que la paz y la justicia social eran los problemas centrales a los que debía abocarse la Iglesia para ser servidora de la humanidad. Como todos los obispos del mundo, Mons. Angelelli acudió a Roma.  

Este acontecimiento crucial de la Iglesia provoca un movimiento renovador en todas partes. El seminario de Córdoba no fue la excepción, de modo que los seminaristas fueron pasando a una nueva realidad y a la búsqueda de formas de vida más acordes con la apertura hacia la sociedad. Al  renunciar el Rector, Mons. Angelelli fue nombrado en su reemplazo.  

En una homilía de octubre de 1963 decía: ”No nos cansaremos de bendecir al Señor, que nos ha llamado a vivir en la hora presente, porque nos ha llamado a ser forjadores de una nueva sociedad... 

El verdadero cristiano desconoce la palabra pesimismo, porque significa renunciar a vencer, a esperar y a combatir...” 
En diciembre del mismo año en una “exhortación pastoral” reclamaba así la solidaridad de todos los sectores: “En nuestra provincia advertimos azorados un porvenir inseguro, efecto de una de esas  situaciones graves que se manifiestan bajo las formas inhumanas de la desocupación, carestía de la vida, bajos salarios, escaso rendimiento del poder adquisitivo, alto déficit de las viviendas, hospitales abarrotados, niños enfermos y desnutridos, carencia de una asistencia médica social vigorosa y congruente.

¿Puede alguien permanecer indiferente ante esta angustiosa realidad? ¿Podemos, sin caer en la complicidad, seguir callando?...” 


Ante una crisis interna en la Iglesia cordobesa de 1964 expresaba: “Esta Iglesia de Córdoba es parte de la misma Iglesia de Jesucristo, y por lo tanto también es Iglesia en Concilio... Reformarse, actualizarse,  rejuvenecerse, presentar un rostro más evangélico supone un compromiso grave, porque es exigencia de vida, y no podemos trepidar de asumir este compromiso, HOY MISMO, y comenzar a cambiar toda postura y actitudes vitales que no respondan genuinamente al Evangelio”.  

“Es evidente que todo intento de auténtica renovación, lleva como precio el sufrimiento, la incomprensión y a veces hasta la calumnia; esto no nos debe hacer trepidar, sino que serena y firmemente  sepamos comprometernos vitalmente con quienes sufren la desorientación en la búsqueda de la verdad; con quienes padecen hambre, miseria o injusticia en su  vida; con quienes buscan una comunidad auténticamente más cristiana porque es auténticamente más humana; con quienes no quieren compromiso con la  mentira, la mediocridad,  la superficialidad y el conformismo cómplice” 

En septiembre del 64 concurre a la tercera sesión del Concilio. A su regreso, en las vacaciones del 65 renuncia Mons. Castellano al Arzobispado de Córdoba. Sería lógico que lo reemplazara Mons. Angelelli por ser  el único obispo en Córdoba, pero los canónigos eligen a su Deán, Edmundo Rodríguez y Alverez. Angelelli se retira del obispado y fija su residencia en un colegio cerca de su casa natal. Allí se abocó al trabajo pastoral en la zona con los chacareros y quinteros del lugar. 

El 15 de mayo de 1965 se hizo cargo de la arquidiócesis de Córdoba, Mons. Raúl Francisco Primatesta. Rehabilitó a Angelelli, designándolo como Obispo Auxiliar, aunque fue reemplazado como Rector del Seminario Mayor. Intensificó entonces, las visitas pastorales a las Parroquias, tanto  urbanas como rurales. La presencia del “Obispo Auxiliar” en las parroquias rurales y sus múltiples capillas quedó marcada en la vida de esas comunidades, no sólo porque iban más allá de las rituales visitas canónicas, sino porque le dedicaba el mayor tiempo posible, escuchando los problemas de la gente y alentando el trabajo de la comunidad. En la mayoría de estas capillas era la primera vez que se acercaba un Obispo. En todos los pueblitos o caseríos se organizaban recepciones con arcos de flores y lo mejor que tenía esa gente... 

En septiembre de 1965 concurre a la última sesión del Concilio. A su vuelta dijo: “Hay mucho camino que rehacer, pero el encuentro ha sido ya efectuado, el diálogo iniciado, el lenguaje es otro, un lenguaje cristiano, fraterno, de búsqueda sincera de la VERDAD, caminando juntos y no preparando argumentos de refutación, sin habernos encontrado...”


El 3 de julio de 1968, el Papa Pablo VI lo designó como Obispo de La Rioja. Desde el atrio de la Catedral leyó su primer mensaje al pueblo riojano, que se constituyó en la base de su opción de vida episcopal y su programa pastoral: 

“Les acaba de llegar a La Rioja un hombre de tierra adentro que les habla el mismo lenguaje. Un hombre que quiere identificarse y comprometerse con ustedes. Que quiere ser un riojano más...” 

“No vengo a ser servido, sino a servir a todos sin distinción alguna de clases sociales, modos de pensar o de creer. Como Jesús, quiero ser servidor de nuestros hermanos los pobres, de los que sufren espiritual o  materialmente, de los que reclaman ser considerados en su dignidad humana como hijos del mismo Padre que está en los cielos”. 

“Ayúdenme a que no me ate a intereses mezquinos o de grupos; obren para que sea el Obispo  y el amigo de todos, de los católicos y de los no católicos;  de los que creen y de los que no creen”. 

“No perdamos nunca el camino de la esperanza; tratemos de no catalogar con facilidad, ingenua o a veces injustificadamente, a quienes, con sinceridad de corazón, con un auténtico amor y servicio a sus hermanos, tienen hambre y sed de justicia para lograr la verdadera paz, que es su fruto”. 

“...No hay tiempo que perder ni siquiera para darnos el lujo de ser declamadores...

Nosotros tenemos que comprometernos no sólo como individuos sino como comunidad. No podemos ya declamar que existe hambre en el mundo, no podemos teorizar que existe mucha gente que no tiene la cultura que debe tener todo ser humano, que hay hermanos que no tienen techo. No. Hay que buscar darles el techo, el pan, el trabajo, la salud, la cultura, hacerlo un ser humano como Dios manda”. 

Este nuevo espíritu se vio fortalecido por la encíclica Populorum Progressio (Sobre el progreso de los pueblos) de Paulo VI y por las conclusiones y directivas de la Segunda Conferencia del Episcopado  Latinoamericano en Medellín, transformándose Angelelli en uno de sus principales promotores en  nuestro país, aún ante la resistencia de muchos obispos que consideraban que “Medellín no era para Argentina”. 

Como pastor no dejó de recorrer rincón alguno de la provincia. Lo cuenta él mismo en carta a su madre: 
“Querida mamá Celina: En el día de la Madre, ya que no puedo estar comiéndote unos lindos tallarines ´al uso nostro, fatto in casa`, te hago llegar  estas líneas llenas de cariño. El viernes he comenzado una gira por el interior de la Provincia, por la zona de los Llanos, visitando los siguientes pueblos: Alto de los Llanos, Olta, Chepes, Ulapes, Milagro. Me encuentro, gracias a Dios,  bien, con mucho trabajo; hay mucho que hacer, y en este primer momento necesito visitar toda la Provincia antes de fin de año. 

Ya visité el oeste de la diócesis, por Villa Unión a 300 kms. por el cordón del Famatina, Jagué, Guandacol, Vinchina hasta el límite con Chile. Me estoy poniendo ducho con la Estanciera. Te hago llegar unos pesos para que compres el regalo que te guste. Un abrazo a todos. Con un beso hasta la próxima. Enrique.” 

En esa misma “Estanciera”, recorrería las rutas y caminos polvorientos de su Diócesis; le había sido regalada por los sacerdotes cordobeses, al ser designado en La Rioja. 

Charlaba con la gente de sus problemas reales, tomaba mate en las casas, siempre bonachón y de buen humor, y afirmaba con claridad: “El agua es para todos; la tierra es para todos; el pan es para todos. Y esto no es subversión... aunque afecte a algunos intereses. La Iglesia debe estar profundamente comprometida con el desarrollo del hombre” (homilía en el departamento de Castro Barros). 


A partir de enero de 1969, la Misa Radial, que se celebraba desde hacía doce años como misa parroquial de los domingos desde la Catedral, asumió el carácter de “diocesana”, presidida por el Obispo. Fue desde entonces la voz esperada en todos los rincones riojanos, cada domingo a las 8 de la mañana. A través de ella extendía sus orientaciones pastorales y se hacía eco de los múltiples y diversos problemas de los riojanos. 

El 6 de abril publicó una “carta pastoral” en la que decía: 
“...El grito del hombre de hoy por su liberación y salvación (y aquí se llama ´hombre riojano`) se hace cada vez más agudo y penetrante. Sólo los hombres ´interiormente  jóvenes´ son capaces de percibirlo y comprometerse con él; los ´cansados´, los ´conformistas´, los ´establecidos´, los de corazón atado a muchas cosas, no son aptos para luchar y construir una sociedad más justa, fraterna, pacificada y pacificante...” 

Frente al estallido popular del “Cordobazo”  contra el gobierno militar de Onganía reflexionaba:  
“...Asumamos este grito en todo lo que tiene de verdadero, auténtico, dramático; asumamos lealmente el compromiso de seguir caminando, construyendo en la paz y en el esfuerzo fraterno, responsable y lúcido, la gran tarea de buscar juntos para hacer una Argentina que no se sienta realizada y satisfecha, si junto a los grandes centros urbanos y fabriles, existen argentinos que se mueren de hambre, sufren el marginamiento material o moral o son excluidos de la mesa de los argentinos que ostentan o regulan factores de poder”.  

Al evaluar su primer aniversario como Obispo riojano dijo:  
“Uno de ustedes, uno del Pueblo de Dios, me ha dado la lección más estupenda de todo este año, lo ha sintetizado al mismo tiempo que me ha trazado todo un programa de vida. Me dijo un hombre de la calle: “Vea, Monseñor, vea mi amigo; yo le pido un favor. No se canse nunca de ser el obispo de los pobres, sea el padre de los pobres porque de esa manera es un buen obispo”

La comunidad eclesial reflexionaba, se definía y se organizaba para trabajar en la realidad inmediata. La consigna del Obispo “con un oído puesto en el Evangelio y otro en el pueblo” se iba convirtiendo en una tarea de todos.
  
En septiembre de 1970 solicitó y se concretó una entrevista con el gobernador de facto Iribarren, molesto por la prédica social  del obispo, que ya recibía desde sectores católicos anticonciliares la acusación de “comunista  rodeado de curas tercermundistas” que descuidaba “lo espiritual” “con un contenido político desde el púlpito” . Al ser preguntado sobre la continuidad del diálogo, no dejó de advertir: 


“Hoy hablamos mucho de diálogo pero lamentablemente decimos que es diálogo y en verdad lo que hacemos es monólogo. Dialogar supone actitudes interiores... saber escuchar, saber renunciar al propio criterio y opinión en la medida que se descubre que el otro tiene la verdad. De esta manera es constructivo... No ha sido la finalidad de la audiencia solicitada estructurar formas jurídicas o protocolares de diálogo. Cuando existen presupuestos básicos como son: confianza, sinceridad, interés por buscar juntos los caminos que construyen la felicidad del pueblo... lo jurídico y protocolar pasa a segundo orden”.  

Para 1971 la acción pastoral del obispo comprendía  los reclamos de los trabajadores mineros, la organización cooperativa para el aprovechamiento de la tierra y la justa distribución de las aguas,  mientras denunciaba la usura, la droga y la prostitución en manos de familias poderosas de la provincia. Entre tanto se fortalecía la catequesis popular y el trabajo pastoral en los barrios. 

A partir de ese mismo año  Angelelli impulsó un importante Movimiento Rural para el mejoramiento de la situación campesina,  concitando pronto la enemistad del nuevo gobernador militar y de los ricos hacendados que, tras movilizaciones campesinas, recurrieron a la violencia arrojando bombas contra las sedes del movimiento rural y contra las casas de los dirigentes. 

En diciembre del 71 se prohibió por orden de “la superioridad” la misa radial del obispo, mientras el episcopado presidido por el integrista Mons. Tortolo guardaba cómplice silencio. Entonces Angelelli afirmó  a un medio periodístico: “ No podemos callar cuando se perjudica positivamente al pueblo de Dios, con el tráfico de drogas, la trata de blancas, la usura y el recurso a una doctrina social a la que se deforma para justificar negociados y lucros personales”. 

A partir de 1972, el recientemente fundado diario “El Sol” se hizo eco de una feroz campaña de insultos y difamaciones contra  Angelelli, al cual llegó a calificar de “Satanelli” y “ordinario” (en alusión a que era el Obispo Ordinario). 

Al ser detenidos dos de sus sacerdotes en  agosto de 1972, tanto en la Casa de Gobierno, como ante el Superior Tribunal de Justicia, Mons. Angelelli, acompañado de sus sacerdotes, dio lectura a un documento en el que señalaba: 
“El Evangelio es una palabra viva... Cuando  la Iglesia responde con fidelidad a esa palabra, cuando comparte las angustias  y esperanzas de los pobres y oprimidos, cuando se hace pueblo y se compromete en su liberación, la persecución es inevitable...” 

Pero aquel incidente no fue sino el comienzo de una cada vez más dura campaña de sectores conservadores, laicos y aún sacerdotes, que tomaron como blanco la acción pastoral del obispo, tildado sin más como “infiltrado comunista”. 

El 9 de noviembre del 72 fue increpado públicamente ante todos los alumnos por padres de un colegio religioso y por su capellán, con el claro intento de expulsarlo de un acto conmemorativo del colegio.  


A partir de entonces los ultraconservadores católicos se organizaron en una “Cruzada renovadora de la cristiandad”, que tras una intensa campaña de calumnias organizó las agresiones de Anillaco, cuando en plenas fiestas patronales un grupo de viñateros de la zona, policías y gente de pueblo a su servicio tomó el templo y obligó al obispo,algunos sacerdotes, religiosas y laicos a abandonar el pueblo con riesgo de su vida, entre insultos y pedradas. 

El 25 de febrero de 1973, en plena campaña electoral, en la misa dominical a la que asistieron los candidatos del FREJULI, Héctor J. Cámpora y Vicente Solano Lima, el Obispo leyó la ´Reflexiones sobre las elecciones de marzo´, que fueron suscriptas por todos los sacerdotes. En ellas decía:  

“Votar no consiste solamente en depositar una ´papeleta´ en una urna. Votar es hacer y construir nuestra propia historia argentina y riojana. Es poner el ´hombro´ para que como pueblo no se nos considere solamente en las urnas sino el gran protagonista y actor en la reconstrucción de la Patria.  Es para eliminar las causas que engendran injusticias, miserias, odios, éxodos obligatorios”. 


“Mientras ayer observábamos gestos y actitudes contra el mismo pueblo, hoy vemos ´salvadores´ y ´mesías´; cuando ayer observábamos silencio antes la ¨represión¨, el atropello al hombre, imagen de Dios, hoy vemos gestos que desconciertan y oímos lenguaje ´revolucionario´. Cuando ayer negábamos un justo salario, hoy vemos que se toman actitudes de paternalismo repartiendo dádivas y comprando conciencias con el dinero... ¿Se ha operado una conversión? ¿Es demagogia? ¿Es la vieja maña de captar votos?...”  

El 25 de mayo Cámpora asumió la presidencia, y Carlos Menem la gobernación de La Rioja. 

Hacia fines del 73 el papa Pablo VI envió a Mons. Zaspe, arzobispo de Santa Fe, como delegado personal para ver qué estaba pasando en la diócesis, ante la acusación de los ultraconservadores de que la acción pastoral del obispo no correspondía a la de la Iglesia. Zaspe escuchó a todos los sacerdotes, religiosas y laicos y envió un informe más que favorable sobre la acción de Angelelli, mientras los ultras se negaron a hablar con el representante papal o se desataron en insultos y agresiones verbales. 
Entre tanto, ya en 1974, a pesar de que existía un gobierno constitucional presidido por Isabel Pern , el control represivo ya había sido asumido por la Triple A y las Fuerzas Armadas, que paso a paso iban ocupando el territorio nacional. En mayo fue asesinado el P. Mujica. En octubre, estando Angelelli en Europa para la visita al Papa, recibió una carta de sus sacerdotes en que se le informaba que su nombre estaba en la lista negra de la Triple A. Pero el obispo no aceptó la sugerencia de quedarse un tiempo más fuera del país y regresó de inmediato. 

A principios de 1975, Angelelli hizo pública una carta personal del Papa Paulo VI en que expresaba “nuestra paternal complacencia por su intensa y sacrificada actividad en favor de los más necesitados... Condenamos las violencias y difamaciones de que ha sido objeto... por mejorar a los sectores más pobres del pueblo riojano y por la renovación conciliar...” 

Al iniciarse el año 1976, al presidir las  fiestas patronales, el Obispo instó a ser ´testigos de la esperanza y mensajeros de la paz´, ante la situación difícil que se vivía en el país y en su provincia, donde la represión arreciaba de manos del coronel Battaglia, jefe del batallón 141 de La Rioja. El 8 de febrero en la misa radial dijo: 

“La Iglesia no puede ni debe renunciar a  prestar, desde su intransferible misión, ayuda a su pueblo a que asuma sus derechos y sus deberes con responsabilidad, a que cada persona de nuestro pueblo sea respetada y ayudada a crecer como lo quiere Dios. No le es, por tanto, ajeno a su misión, estar junto al que sufre, al desorientado, al que está privado de la libertad”.  

Después el Ejército detuvo al Vicario de la Diócesis, a varios sacerdotes y dirigentes laicos del Movimiento Rural. 

El 25 de febrero Angelelli, que soportaba nuevas presiones y calumnias (“infiltrado comunista en la iglesia”), escribió a las autoridades eclesiásticas argentinas que desde hacía tiempo lo habían dejado en total soledad y sin apoyo alguno:


“Entiendo que el asunto va más allá de La Rioja, nos incumbe a todos... solicito a mis hermanos Obispos, porque urge, una  evaluación más profunda... Necesitamos urgentemente clarificar la misión que nos  corresponde a las Diócesis y a la Vicaría Castrense (en manos de Mons. Bonamín que clamaba por una nueva cruzada regeneradora a cargo del Ejército de Dios)... Es hora que abramos los ojos y no dejemos que Generales del Ejército usurpen la misión de velar por la Fe Católica... No es casualidad querer contraponer la Iglesia de Pío XII a la de Juan y Pablo... Hoy cae un Vicario General; mañana  (muy próximo) caerá un Obispo. Por ahí se me cruza por la cabeza el pensamiento de que el Señor anda necesitando la cárcel o la vida de algún Obispo para despertar y vivir más profundamente nuestra colegialidad episcopal... Es una gracia de Dios para una Diócesis  estas pruebas; ayuda mucho a unir y profundizar el presbiterio y el resto de la comunidad diocesana... Este cuestionamiento que se me hace me replantea, por el bien de la Iglesia y de la paz, la opción que Uds. bien conocen (mi renuncia). 

El 17 de marzo el Comodoro Aguirre y otros jefes militares increparon públicamente al obispo en Chamical y abandonaron la misa en el momento del saludo de paz. Angelelli decide suspender la misa en la base aérea militar. 

El 24 de marzo de 1976 los militares dieron el golpe autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. En abril Angelelli fue a Buenos Aires para reclamar personalmente ante el Ministro del Interior Gral. Harguindeguy por sacerdotes detenidos y por la ola de represión en la provincia. En el aeropuerto, ya de regreso, el avión de Aerolíneas partió sin previo aviso, obligando a Angelelli a regresar en micro, aunque su equipaje había sido cargado en el avión. Al buscarlo en La Rioja, descubrió que su valija, con importantes papeles, había sido violada. En tanto el Ejército sometía 
al obispo a situaciones humillantes (lo dice el propio Angelelli en una carta a su amigo Bertaina) con malos tratos cuando pide audiencias y obligándolo a pedir permiso vez por vez para los retiros espirituales de los sacerdotes.  

Ese mismo mes Angelelli envía una carta a Mons. Zaspe (vicepresidente del Episcopado) denunciando los atropellos militares contra el pueblo riojano y sus sacerdotes, y expresa que “es hora que la Iglesia de Cristo en la Argentina discierna a nivel nacional nuestra misión y que no guarde silencio ante hechos graves que se vienen sucediendo”. Pero el episcopado guardó silencio. Zaspe y otros dos obispos se entrevistaron, sin embargo, con el presidente Videla y le expusieron los hechos. Pero días después el Jefe del Batallón de Ingenieros de La Rioja dispuso la suspensión de la misa radial de Angelelli y la suplantó por la misa celebrada por el capellán del batallón.  

En Mayo el obispo asiste a la Conferencia Extraordinaria del Episocopado y denuncia ampliamente la situación de su diócesis: detención de sacerdotes y religiosas, violación de correspondencia, prohibición de visitar a los presos, prohibición de la misa radial, requisas en los ejercicios espirituales, laicos detenidos, campañas sistemáticas de difamación, vigilancia en la acción pastoral de los barrios, etc.  Las quejas llegaron nuevamente hasta Videla, pero el resultado fue una mayor vigilancia y control policial. 

En junio Angelelli fue a Córdoba y consigue por medio del arzobispo Primatesta una audiencia con el Gral. Menéndez para reclamar por los detenidos políticos y sociales de La Rioja. La respuesta de Menéndez fue clara: “El que se tiene que cuidar es Usted”. 

Antes de regresar a su Diócesis, Angelelli almorzó con sus familiares y les confesó:  “Ustedes tienen que estar preparados. La cosa está muy fea y a mi cualquier día de estos me barren”.  

Marilé, su sobrina, le preguntó entonces: “¿No tienes miedo, tío? 

“Sí, un miedo tremendo. Pero no puedo esconder mi mensaje debajo de una cama”, fue la respuesta rápida de un Angelelli que se mostraba preocupado, pensativo y silencioso. Bien sabía que desde los cuarteles de La Rioja se estaba fraguando su muerte y sólo se esperaba la oportunidad propicia para consumar el asesinato. 

Por este tiempo, unos meses antes de su muerte, en una entrevista periodística, expresó: “Yo me siento feliz de  vivir en la época que vivo. Me parece importante vivir en esta época de cambios profundos, acelerados y universales. Me siento igual a todos, débil como todos pero al mismo tiempo solidario con todos los hombres. Porque se nos ha dado en este momento histórico la posibilidad de construir algo nuevo”.

Pero no sería él quien realizaría ese algo nuevo...

El 18 de julio de 1976 fueron secuestrados  dos sacerdotes de Chamical, el P. Gabriel Longueville y Fray Carlos de Dios Murias. El 20 a la tarde, una cuadrilla de obrerosferroviarios encontró los cadáveres de ambos sacerdotes, a unos 5 kms de Chamical hacia el sur, acribillados a balazos, maniatados y con evidentes signos de haber sido torturados. Inmediatamente Angelelli elaboró un minucioso informe, cuya copia apareció “misteriosamente” después del asesinato del obispo en el despacho de Harguindeguy. 

El jueves 22, Mons. Angelelli presidió la Misa de exequias concelebrada por cuarenta y tres sacerdotes. En la homilía, asumiendo  el dolor de la muchedumbre presente el Obispo dijo:  

“¿Cómo no vamos a llorar al que es carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, afecto de nuestro afecto, miembro  de nuestra familia, hijo del Cuerpo de Cristo, miembro de su pueblo, testigo de su pueblo! ¡Cómo  no los va a llorar Chamical!... No hay ninguna página del Evangelio que nos mande ser tontos. Nos manda ser humildes como la paloma y astutos como la serpiente... nos manda tener alma y corazón de pobres, nos manda buscar a los más necesitados porque son los privilegiados del Señor... Yo los invito a  que oremos por los que los mataron. No interesan las siglas ni los nombres. Les repito, no tenemos nosotros los ojos cerrados, ni los oídos cerrados, tenemos la inteligencia normal de todo ser humano, o sea que, si hay que saber, y podemos tener algunos elementos y estar en condiciones de informar a quien se debe   y en algún momento tengamos que informar... Pero, ¿hay hermanos nuestros que pueden imaginar o pensar, o programar violencias y hay otros que las ejecutan? Y a lo mejor coinciden?... 

Al salir del cementerio, el Obispo vestido con sus ornamentos episcopales, cambió de mano el báculo y acercándose al Dr. César Abdala, médico de Chamical, le dijo en tono confidencial: “El próximo soy yo”. Sacerdotes amigos ìntimos le aconsejaron que se aleje de la Diócesis, pero su respuesta fue clara: “ Es eso lo que buscan, que me vaya, para que se cumpla lo dicho en el Evangelio: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”.  

El 4 de agosto por la mañana, Mons. Angelelli le pidió al P. Arturo Pinto, Vicario Episcopal, que lo acompañara en su viaje de regreso a La Rioja. Y le encomendó que hiciera revisar la camioneta Fiat Multicarga. “Yo me encargué –narraba Pintos-- de llevar la camioneta, y controlarle el aire, el aceite y cargar el combustible para que estuviera en condiciones para el viaje... Almorzamos en casa de las Hermanas, e inmediatamente después preparamos todas  las cosas, cargamos los portafolios y aproximadamente a las dos de la tarde estaba todo listo para emprender el regreso”. 

A las dos de la tarde el Obispo fue hasta la camioneta. Y como si le costara decidirse a iniciar el viaje de regreso, se volvió a tomar unos mates, comentando que le cansaba hacer ese camino. Luego se dirigió a la Iglesia parroquial para “hacer una visita al Santísimo”. Estaba tranquilo, aunque se lo notaba preocupado. Subió a su vehículo, llevando al P. Pinto como acompañante, y partió rumbo a la ciudad de La Rioja, distante unos 150 kms. Eran pasadas las 14,30 hs.

.  
“Salimos por el camino viejo porque temíamos que alguien estuviera viendo. Íbamos conversando normalmente y andábamos a una velocidad normal porque no teníamos mayor apuro... Pasamos Punta de Los Llanos, tomamos la curva de la misma población. De pronto, yo que iba medio perfilado hacia el “Pelado”, noté que un vehículo nos alcanzaba. Identifiqué ese vehículo como un Peugeot 404, de los viejos.

Alcancé a notar como los que tienen alitas atrás en las puntas y de color gris, tirando a blanco. Una vez que este vehículo se nos puso al lado, hizo una maniobra hacia delante de nosotros, rápida. Y en ese momento se produjo como una explosión. Y yo no recuerdo más nada”...  

El reloj de Angelelli había quedado parado a las tres de la tarde. La policía encontró su cuerpo “prolijamente” depositado sobre la tierra, de espaldas y en cruz, y prohibió a los periodistas sacar fotos, mientras alejaba a la gente del lugar. Instantes después, un grupo de militares con armas largas custodiaban el lugar. Recién a las 21 hs. el cadáver del obispo fue llevado al hospital  Plaza de la Rioja, seis horas después del “accidente”.  

Mientras en el casino militar del batallón 141 y en el diario El Sol se brindaba con champagne, el coronel Battaglia llamaba por teléfono al director del diario “El Independiente” para decirle que “hay que publicar que fue un accidente por el reventón de la goma trasera”. Fue la versión oficial, lamentablemente aceptada también por el episcopado en cómplice silencio, mientras la Santa Sede a través de su órgano oficial L´Osservatores Romano hablaba de un “extraño accidente”. El 19 de junio de 1986 el Juez Aldo Morales, tras haber acumulado 1800 hojas del expediente judicial, declaró sin ambages “que la muerte de Monseñor Enrique Angelelli no obedeció a accidente de tránsito, sino que fue un homicidio fríamente premeditado, y esperado por la víctima”. 

El martirio del obispo Angelelli por la causa de la libertad ciudadana y del pueblo pobre se había consumado. Fue una de las primeras personalidades del país que cayó bajo la dictadura militar, casi como  una necesidad obligada para que pudiera desatarse sin una voz opositora aquel “proceso” de largos años de sangre y dolor.

Veinte  años  después  de  su  muerte,  el  9  de  agosto  de  1996,  el  Lic.  Santos  Benetti funda con un centenar de ciudadanos de  casi todas las provincias, el Instituto 
Enrique Angelelli para despertar, desarrollar y capacitar la conciencia política, sostener la democracia y alentar el desarrollo integral de la sociedad. 

Y aquí estamos nosotros...  conmovidos y fortalecidos por el ejemplo de quien asumió la voz de los sin voz, trabajando ahora para tomar la posta de su “compromiso”, de su 
“coherencia” y de su “coraje”.  

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